Tres errores típicos
Resulta frustrante, en mi opinión, observar la confusión con la que, manipulada por los medios de comunicación, la ciudadanía ha interpretado la realidad económica que nos está tocando vivir. Hay varios errores fundamentales, instalados en la conciencia pública, acerca de la crisis que me gustaría señalar y que son el motivo de este artículo.
El primer error es en relación al alcance de la crisis. No hay un mundo en crisis. Tan solo, y no es poco, es el mundo occidental es quien está en depresión, mientras el resto del planeta goza en su mayor parte de las mayores tasas sostenidas de crecimiento de la historia. Cierto que no hay nada que garantice que esto vaya a continuar y de hecho ambos fenómenos, nuestra crisis y el crecimiento del mundo emergente, están interrelacionados. Pero de momento no hay crisis mundial.

El segundo error es en relación a la naturaleza de la crisis. A estas alturas todavía hay muchos que piensan que estamos en una crisis meramente financiera que se ha contagiado a la economía real por la falta de crédito. Y que, solucionado el problema financiero, se solucionará el problema de la economía real. Pues lo siento, no es así. El colapso del sistema financiero en 2008 fue tan solo la necesaria consecuencia de dilatar en el tiempo el reconocimiento de una realidad histórica, que Occidente compite ahora en el planeta con los recién llegados a la industrialización, que el planeta se ha hecho pequeño y que tocamos a menos. La crisis financiera vino cuando el modelo que habíamos creado para financiar nuestros déficits dejó de funcionar, y eso iba a ocurrir tarde o temprano. En el 2008, en el 2010, en algún momento; y cuanto antes, mejor.
Las finanzas tuvieron su papel en sostener nuestra demanda interna mediante endeudamiento bajo los incentivos de la burbuja para enriquecimiento de unos pocos y complicidad inconsciente de los muchos. Pero las finanzas cambian sólo el ritmo al que aparecen los síntomas, no la naturaleza última de la enfermedad.
Y en tercer lugar hay una confusión total acerca de los remedios. No es posible curar el mal desconociendo las causas. Si comprende Vd. que, en ultima instancia, la nueva crisis solo significa el periodo de transición en el que se establece el nuevo reparto de los recursos del planeta entre los de siempre –nosotros los occidentales- y los recién llegados –el resto del mundo- entenderá que solo las medidas encaminadas a generar más valor por nuestra economía en los mercados internacionales y por tanto, a poder financiar la compra de más recursos, son los que en el largo plazo nos darán una mejor posición.
Milagros de la ciencia aparte, de volver al antiguo status, aquel en el que no miraba sus gastos corrientes, olvídese. Esa etapa de la historia se ha terminado para el común de los ciudadanos occidentales. La globalización; la movilidad de capitales, tecnología, información y mercancías lo han hecho posible.
Por qué la cosa pinta muy mal
Dicho esto, quiero adelantar que soy muy pesimista desde hace mucho tiempo respecto al futuro devenir de las cosas. Las razones principales son estas:
Los mecanismos de ajuste del comercio internacional no están disponibles
Cuando existe un desequilibrio sostenido en comercio entre países –en balanza por cuenta corriente- este desequilibrio es financiado de alguna manera. Es decir, por lo que compras, pagas, aunque sea endeudante. Mientras el desequilibrio persista el país deficitario debe endeudarse o vender sus empresas y activos. Occidente ha hecho todo eso. Sin embargo dicha situación no puede perpetuarse hasta el infinito. En algún momento se ha de corregir, y la economía de libre mercado dispone de mecanismos para ello. Sin embargo en el marco mundial actual, dichos mecanismos no están disponibles.
No existe ningún modo en el que las economías occidentales puedan ajustar su comercio con el mundo emergente. Nosotros no podemos facturarles nuestros bienes intangibles, como marcas, patentes, películas o canciones que simplemente, reproducen o copian. Sus monedas no cotizan libremente con lo que las nuestras no pueden perder valor. Los canales de distribución en algunos países del mundo emergente, en particular China, son casi inaccesibles para nosotros y en el proceso perdemos todos los márgenes. Así pues, todos los ajustes en relación a nuestros déficits exteriores tendrán tan solo efecto entre nosotros. Es decir, si España mejora su balanza comercial lo hará a costa de Alemania. Si lo hace EEUU será a costa de Europa. Pero el desequilibrio fundamental, compramos más de lo que vendemos y para financiarlo hay que endeudarse o vender otros activos financieros, no tiene solución entre Occidente y Asia. Aunque hagamos todos los ajustes presupuestarios del mundo, éstos alimentaran caídas en la demanda agregada no compensadas suficientemente por el sector exportador, y de ahí llevará a nuevos ajustes, sin que la demanda externa sea nunca la suficiente considerada para el conjunto de las economías occidentales.
¿Hay alguna posibilidad de solucionar este problema? Hay un antecedente. En el siglo XIX lo hicimos, mediante la guerra. Se llamó Guerra del Opio. Y conseguimos equilibrar nuestro comercio con China. Pero ese ajuste no es ahora posible.
¿Qué ocurre si dicho ajuste no se produce? Que las medidas de ajuste y consolidación fiscal no se traducirán en menos necesidades de endeudamiento y por tanto serán al mismo tiempo, inevitables e inútiles. Por supuesto China no es tonta y aflojará un poco la correa para darnos aire financiándonos un poco menos, un poco más tiempo, pero el destino a medio plazo está sellado.
La mayor proporción del capital mundial está en nuestras manos, pero no somos tan ricos
Durante todo este proceso de demanda alimentada por la burbuja y por la deuda, nuestras empresas, tanto corporaciones como bancos, han retenido la mayor parte de los márgenes y han ido acumulando enormes activos financieros. El valor en bolsa en dólares de las grandes corporaciones es gigante. Y las entidades financieras que han alimentado la burbuja y financiado con ella nuestro endeudamiento también han ganado cantidades fabulosas que han ido a parar a manos de sus directivos y socios, es decir, a manos de las “elites”. Sin embargo todo esto es un espejismo.
El valor de la riqueza guardada en moneda es tan solo lo que se puede comprar con ella. Me gustaría repetir esta frase despacio: El valor de la riqueza guardada en moneda es tan solo lo que se puede comprar con ella.
Si las economías europeas no producen bienes y servicios valiosos para los mercados, el euro es tan solo papel. Y si el euro cae, nuestra riqueza se derrumba. Es una exageración, claro está, pero indica el camino por el que vamos. La tendencia que reflejan las cuentas exteriores de Occidente tomado en su conjunto.
Si el euro y el dólar se derrumban, seremos ricos en eso, en papel –o en anotaciones contables en los ordenadores de los bancos, si lo prefieren- Tendremos riqueza de videojuego, como un montón de Microsoft Points. Las fábricas, las infraestructuras y los ingenieros, la capacidad de crear y transformar recursos, estarán en algunos países emergentes. ¿Y de qué sirve acumular millones de millones de beneficios, si todos ellos están en activos en dólares y euros porque se nos impide comprar empresas asiáticas o sus activos en sus monedas? Estamos atrapados en nuestras propias divisas.
China se ha asegurado de que todos nuestros excedentes empresariales estén en activos financieros en dólares o euros. Cuando nuestras monedas caigan, nuestros poderosos fondos, bancos y ahorros, nuestra riqueza de papel, caerán con ellas. Cierto que China guarda más de un millón de millones en deuda americana en dólares. Nosotros guardamos quizás 8 veces esa cantidad. Pero los chinos a partir de ahora comprarán menos deuda y más empresas. No tengan ustedes ninguna duda.
Dado que los desequilibrios globales de comercio no tienen solución, algún día no tendremos suficiente que ofrecer a Brasil, Rusia, India y China. Ni siquiera atractivos títulos de deuda. Y nuestras monedas se derrumbarán.
Los conflictos sociales impedirán dar una respuesta única y decisiva
Quizás uno de los mayores contrastes entre la estrategia China y la de Occidente en relación al mundo que viene es que mientras ellos tienen la posibilidad de perseguir una estrategia a largo plazo, nosotros carecemos de cualquier plan de acción para lo que viene. El talón de Aquiles de los estados democráticos, la dificultad para establecer estrategias de largo alcance, es aprovechado por la autoritaria China con su cabeza única.
Esto viene por un lado porque en Occidente cada uno de los colectivos cuyo status quo se ve amenazado por la caída de renta, precipitada por los procesos de consolidación fiscal, busca salvarse a sí mismo, dificultando a los gobiernos la toma de cualquier estrategia global a largo plazo.
Por otro lado, la élite financiera y social, que fue la gran ganadora del proceso de endeudamiento alimentado del último decenio, poco se puede esperar. Expandieron la masa monetaria hasta el infinito para seguir financiando la burbuja, sin ninguna consideración por los riesgos futuros. Abrieron las puertas a la inmigración masiva para impedir que subieran los salarios de los trabajos no cualificados y mantener los márgenes empresariales, y por tanto la inversión inmobiliaria de la burbuja con la que se lucraban. No han hecho nada que no fuera por engordar sus cuentas con una estrechez de miras fruto no sé si de la maldad o de la incompetencia. En cualquier caso, ha sido así.
La falta de formación de la ciudadanía y la prensa, la falta de escrúpulos y empatía de nuestras élites financieras, promotores inmobiliarios y otras élites gremiales, la crisis ética de una ciudadanía que vota masivamente a políticos corruptos que compran sus votos con las rentas de nuestros nietos… Es que no se puede ser optimista. Y yo no lo soy.
Conclusión
Occidente no tiene un plan. Al menos Europa no lo tiene. Y EEUU ha de buscar una alianza estratégica con Japón, Europa, y quizás un día, Rusia y Brasil, que obligue a China a jugar con reglas que permitan un reequilibrio del comercio internacional.
Hay quien dice que no hay que preocuparse, que la actual situación no difiere en gran medida de lo sucedido en los años 70 cuando, junto a una crisis por la escasez de recursos petrolíferos, se añadío la irrupción en los mercados internacionales de bienes y servicios de Japón y Alemania. Yo creo que se equivocan. China no es Japón ni Alemania, no tenemos una historia compartida reciente y por esa y otras razones, no podremos entendernos con ella de la misma manera. Japón tiene una constitución occidental impuesta por el general MacArthur, consume nuestros productos culturales y paga por ellos. China es 8 veces más grande que esas dos naciones juntas y nos mira desde la distancia de su milenaria historia como un día hicieron cuando hace dos mil años alguien les habló del “Gran Rey” –el Emperador de Roma- y ellos asintieron con indiferencia.
Coincidiendo en un contexto en el que otros muchos países se incorporan a los mercados, en el siglo XXI la competencia por los recursos y en los mercados donde se compran será mucho más feroz. Al perder los mercados internacionales, perdemos la partida de los recursos. O lo vemos con claridad, o perderemos la partida. Y yo creo que la perderemos.

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