26 abril, 2012

Gestionar un personaje de ficción no es tarea fácil: intereses de todo tipo, a veces ocultos a los ojos del público, condicionan su historia. Sólo así se explica una trayectoria como la de Superlópez.

Si en un anterior artículo hice una brevísima valoración de la evolución de las historias de Tintín, ahora toca hacerlo con otro personaje que, al contrario que aquel, se elevó a las más grandes alturas en sus primeros álbumes para luego precipitarse a un abismo del que no parece tener intención o posibilidades de salir.

Los orígenes de Superlópez, como de muchísimos otros personajes de cómic, fueron extremadamente humildes. Su creador, Jan, o sea, Juan López Fernández, oriundo de El Bierzo, en León, recibió en 1973 el encargo por parte de la editorial barcelonesa Euredit de hacer una parodia de Supermán, pasando poco después a ejercer en Bruguera.

Estas primeras historias estaban gravemente constreñidas por el formato impuesto: monocromo, sin diálogos, cuatro viñetas al principio que con el tiempo se convertirían en un par de páginas, y un humor blanquísimo muchas veces guionizado por Conti (que siempre se negó a firmarlo como tal) y otros clásicos de Bruguera. Esta delegación del trabajo del guión parece ser que fue debida a las continuas desavenencias de los responsables de Bruguera con las historias pergeñadas por el propio Jan.

De todos modos, los rasgos básicos del personaje estaban allí, a pesar de lo apolillado del dibujo: el bigote, la narizota, el trabajo de chupatintas en una oficina y las responsabilidades matrimoniales; pues de aquella Superlópez estaba casado. Por otra parte, de aquella sus poderes eran más fantasiosos que reales.

Esta etapa duró unos 5 años bastante frustrantes hasta que en 1978 la editorial confió en él para realizar una serie de aventuras más largas y a color que permitieron al personaje expandirse agusto. Las historias se encargaron a Francisco Pérez Navarro (Efepé) y del dibujo se hizo cargo Jan, por supuesto, pero esta vez en un estilo mucho más fresco, fluido y hasta obsceno.

Indudablemente el grafismo de Superlópez es inconfundible: no sólo por el sentido del dinamismo, el volumen y la presencia que destilan las imágenes, a pesar de parecer dibujadas con un pincel que en manos de otro dibujante parecería demasiado grande y grueso. Pero que en manos de Jan producen un trazo orgánico, blando y, hasta cierto punto, guarro dentro de su limpieza. En ese sentido, la única referencia que encuentro próxima a Jan es el grandísimo Robert Crumb.

El primer álbum largo, Aventuras de Superlópez (1979), contiene ocho historias cortas que básicamente son parodias de las de los superhéroes americanos clásicos. En ellas Efepé recurre al humor de bofetadas y a la torpeza o imprevisión del protagonista para producir la carcajada, mientras que Jan, con su estilo ya perfectamente definido, practica un humor visual costumbrista, cafre y hasta gamberro por momentos.

El éxito fue inmediato y allanó el camino para el siguiente álbum, que se fue un poco de las manos de sus creadores y fue publicado en dos partes, como curiosa excepción dentro de la criticada política de Bruguera con respecto a sus exigencias a los dibujantes. El Supergrupo (1979) y ¡Todos Contra Uno, Uno Contra Todos! (1979) siguieron con el espíritu paródico del anterior, pero esta vez en una historia larga, más rica en personajes y con una trama bastante sólida. Sin embargo no fue de la total satisfacción del dibujante.

A partir de ese momento Jan decidió tomar control total sobre el personaje prescindiendo de Efepé. Y no lo hizo mal, quizás porque en el fondo no se desvió demasiado de las aportaciones narrativas de este y de la personalidad, ya madura, que Efepé había creado para Superlópez. De hecho, un lector que no esté sobre aviso apenas nota el cambio de guionista de una historia para otra.

Los siguientes álbumes fueron abandonando progresivamente el elemento paródico en favor de una esencia propia para el protagonista y un mundo algo surrealista.

Así, Los Alienígenas (1980) no corresponde a una parodia de ninguna obra concreta de invasión extraterrestre, pero pocos son los tópicos sobre el tema que se libran del recochineo.

Es en El Señor de los Chupetes (1980) donde el elemento paródico, en este caso de El Señor de los Anillos, vuelve a ser central en la historia. Y también es el primer álbum donde vemos cierta intención moralizante, aunque en segundo plano: ya que el Señor de los Chupetes domina a los seres humanos a través de la explotación de sus vicios.

Y es entonces cuando llegamos a La Semana Más Larga (1981), la que para mí no es sólo la mejor aventura de Superlópez, sino una joya de la Literatura con mayúsculas. Tiene un guión endiablado, bien enhebrado, divertidísimo, satírico; un sentido inmejorable del ritmo y del chiste recurrente; variedad de tonos, desde el costumbrista hasta el onírico pasando por el autorreferencial (“¡Esto lo resuelvo yo en quince viñetas!“); personajes coherentes y bien ubicados; un dibujo excepcionalmente fluido, etc…, etc… Sin duda esta obra no tiene el reconocimiento que se merece.

El altísimo estándar de calidad se mantendría durante las siguientes historias, sin duda muy divertidas, pero en las que ya se aprecia cierto agotamiento de ideas y un aumento gradual de la moralina: Los Cabecicubos (1982), sátira del totalitarismo; La Caja de Pandora (1983), donde de modo un tanto sorprendente los dioses mitológicos entran a formar parte del universo de Superlópez; La Gran Superproducción (1984), parodia del mundo cinematográfico.

A muchos lectores que conocen estas obras les puede sorprender que asegure que ya se observa cierto agotamiento, pero tengo mis razones: En La Semana Más Larga el universo de Superlópez alcanza la máxima definición, por no decir realismo, y coherencia interna; pero en las siguientes obras este mundo pierde solidez y se sale por la tangente en aras de la historia: no había ninguna necesidad de que la oficina en la que trabaja López se convirtiera en un partido político o en una productora de cine, ni tampoco hacían falta dioses mitológicos para contar lo que se puede contar con este personaje.

Y en cierto modo esto ocurre porque Superlópez se va haciendo esclavo de sus secundarios a la vez que, cada vez más y más, adapta los personajes a la temática de cada álbum, en vez de hacerlo alrevés. Algo parecido a lo que ocurre en los Simpson: si en los primeros años de esta serie de TV los personajes secundarios, que ya eran conocidos por todos los seguidores de estos dibujos, sólo aparecían cuando era estrictamente necesarios, a partir de cierta temporada parece que es imprescindible que en cada episodio salgan todos los secundarios diciendo su frase. Y así no se puede desarrollar una narración en condiciones.

Esto se hace muy evidente en la historia que marcó el principio de la decadencia: Al Centro de la Tierra (1987). No sólo han pasado cuatro años desde la anterior aventura. Bruguera ha quebrado en 1985, Ediciones B ha tomado el testigo poco después y Superlópez no sólo sigue en la brecha, sino que, aparentemente, todas las restricciones amargas que su creador experimentó en la época anterior han sido sustituidas por un reconocimiento rayano en la carta blanca, incluyendo la creación de una revista propia.

En Al Centro de la Tierra, a pesar de su cuidada edición (especialmente por el color) tenemos un guión previsible (ya que es una adaptación casi fiel de la novela de Verne), repetitivo, aburrido y absurdo: Y en parte por la esclavitud de los secundarios que mencioné, ya que en la expedición acompañan a Superlópez Jaime y Luisa, sus compañeros de oficina, introducidos a calzador en un periplo que no les corresponde.

Esta tendencia se verá reforzada en los siguientes álbumes por tres factores que Jan se emperra en incorporar en cada álbum y que, en principio, serían positivos si estuvieran bien utilizados.

El primero consiste en un verismo y un esfuerzo documental creciente que se traducen exclusivamente en un dibujo cada vez más realista, detallado y trabajado, con cierta obsesión en los elementos arquitectónicos. Pero este verismo no llega al guión, cada vez más previsible, ramplón y constreñido a los citados secundarios omnipresentes. En alguna parte he leido al respecto que Al Trapone, el mafioso, se convierte en un personaje recurrente a lo largo de un sinfín de números.

El segundo factor, a priori positivo, pero que se acaba torciendo, es el tono cada vez más didáctico. Si en las primeras aventuras cierta moralina o la aparición de ciertos mensajes (“No Fumes: Lee“) se limitaban a permanecer entre líneas o a figurar como detalles de fondo, ahora se convierten en mera arenga al lector, llegando incluso a romper la cuarta pared con declaraciones un tanto casposas y sin matices. Hay hasta álbumes enteros que estarían muy bien si fueran panfletos pagados por la FAD, pero que como tebeos de evasión dejan mucho que desear.

El tercer factor es el que acaba de destruir al personaje; y es la absoluta obsesión con los temas de actualidad. El propio Jan reconoce que se inspira de modo consciente y primordial en las noticias de los medios, y las polémicas propiciadas por estos, a la hora de crear sus historias.

De este modo, los últimos álbumes de Superlópez consisten exclusivamente en la revisión de hechos más o menos relevantes como internet, la catástrofe del Prestige, la especulación inmobiliaria o la obsesión con la gripe A. Sin duda muchas de estas historias ya han envejecido en el momento de su publicación, ya que la fábula, en vez de universal, es demasiado concreta y referida al momento. Un niño que las lea en el futuro probablemente sea incapaz de pillar el mensaje.

Hay quien disculpa al autor (yo no) por ciertas historietas que destacan dentro de este panorama desolador, como la de los Petisos Carambanales (1987). Quizás me cogió siendo menos niña (yo tenía 14 años cuando se publicó, y ya sólo compraba underground de aquella… cuando tenía pasta para ello) y me pareció un tanto infantil, aunque refrescante sin duda.

Mi rotura definitiva con Superlópez se produjo con el número dedicado a la actualidad de aquel entonces: Tyrannosaurus Sect (1994) que hablaba, como no, de dinosaurios y sectas, recientes como estaban Parque Jurásico y el asalto a los davidianos en Waco.

Cayó en mi mano de casualidad, pues el hermano de un amigo al que visitaba con frecuencia compraba los tebeos de Superlópez. Lo leí un tanto deprisa y corriendo, comprobando que aquello no sólo no llevaba a ninguna parte sino que además carecía de todo lógica… hasta unas páginas antes del final donde nos encontramos ESTO:


La historia acaba con una especie de número de vodevil, se supone que a petición del lector. Desconozco la motivación de Jan para tratarle de este modo, que supongo que tendrá mucho que ver con cierto quemazo asociado a ganarse las lentejas y a las presiones editoriales. Pero tras este insulto final, jamás volví a abrir otro Superlópez que no correspondiera a uno de los primeros nueve números.

Ojalá Jan hubiera hecho como Robert Crumb con el Gato Fritz: matarlo con un picahielos cuando llegó a lo más alto de la fama y ante la amenaza de perversión inminente de su espíritu por culpa de un marketing irrespetuoso. Crumb amaba demasiado a su personaje como para hacerlo envejecer alienado.

Superlópez, en cambio, es un zombi con más de cincuenta álbumes que se debería haber retirado hace cuarenta. Pena.

1 comentario Ir al formulario  RSS de estos comentarios Trackback URL

Me ha gustado mucho el análisis y coincido prácticamente en todo lo que has dicho. Solo añadir a la lista de álbumes rescatables (en mi opinión) el de Cachabolis Blues Rock y tal vez algún otro justo después, como En el país de los ciegos…, aunque sí es cierto que a años luz de los primeros.
Para mi era un enigma cómo un autor capaz de firmar Los cabecicubos o La semana más larga pudo bajar tanto en los últimos álbumes, ahora ya lo entiendo mejor.

Un saludo

Comment by Miguel D — 23 septiembre, 2014 @ 2:33

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4 mayo, 2012
En todas las formas de arte hay implícita ideología, incluso hasta en las que parecen pura evasión. Aquí comprobaremos que quizás Tintín es algo más que un inocuo personaje juvenil.
1 marzo, 2012
El mundo de los superhéroes suele ser ñoño y solemne, y desde que Alan Moore entró en el negocio, cada nuevo personaje viene de serie con una pátina de pseudointelectualidad. Afortunadamente hay excepciones y todavía quedan personajes que se limitan a las tripas y las risas.
 
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