14 abril, 2012

Muchas personas, en casos extremos de supervivencia, experimentan una abrumadora presencia invisible: sienten como les acompaña una persona, por lo general benévola, que les reconforta y orienta durante la ordalía. ¿Qué es lo que ocurre en las mentes de estos individuos?

Introducción

¿Cómo consiguió salvarse el último hombre en abandonar la torre sur del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001? ¿Con quién estuvo a punto de compartir su ración de comida Frank Smythe durante su fallida ascensión en solitario al monte Everest en 1933? ¿Qué le ocurrió a Charles Lindbergh en 1927 mientras realizaba su legendario vuelo sobre el Atlántico? ¿Quién animó a Shackleton y a dos de sus hombres a no rendirse cuando cruzaban exhaustos la isla de Georgia del Sur en 1916? Las respuestas a esas preguntas forman parte de un amplio conjunto de experiencias que han sido reportadas por alpinistas, marineros, exploradores, submarinistas, astronautas, náufragos, o en ocasiones por personas corrientes. Todas ellas integran el curioso fenómeno que se conoce como el tercer hombre1.

El tercer hombre es un fenómeno por el que en determinadas situaciones la persona que lo experimenta tiene la impresión de que no está sola. En aquellos casos en los que efectivamente se encuentra en compañía de otros, consistiría en la errónea sensación de que hay otra persona más aparte de los presentes. A veces la idea es vívida, mientras que en otras es más sutil. La identidad del visitante no se establece salvo raras excepciones ya que la presencia suele permanecer fuera del campo de visión y normalmente la sensación se limita a creer que hay alguien en las proximidades, pudiendo no llegar a ser más que una vaga sensación de “como si” no se estuviese solo. Hay casos en los que sin embargo ese acompañante es perfectamente descrito por el sujeto que lo percibe: puede tratarse de un ser querido, algún familiar (no necesariamente uno cercano o especialmente querido), un simple colega, alguien conocido, un completo desconocido o, incluso, un doble de la propia persona.

No resulta sencillo agrupar la gran diversidad de experiencias en las que se da un caso de estas características ya que no todas ellas tienen el mismo desencadenante, ni el mismo desarrollo, ni la misma importancia en cuanto a su efecto. Lo que sí que tienen en común es que en ningún caso se aprecia que esa aparición tenga intenciones malignas y nunca es percibida como algo peligroso o que provoque miedo, sino más bien al contrario: siempre se menciona como algo benévolo y que proporciona tranquilidad a aquellos que lo experimentan. Es una sensación tan potente y reconfortante que puede hacer que una persona abocada a una muerte prácticamente segura se considere afortunada y hasta agradecida por encontrarse en esa situación. Esto resulta curioso, ya que el hecho de que una presencia  irrumpa de repente en nuestro entorno no es algo que aparentemente pudiera considerarse demasiado tranquilizador.

Antes de formarse ninguna opinión al respecto conviene tener en cuenta que, en aquellos casos más dramáticos, el que se produzca o no un episodio de tercer hombre puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte, así que no se debería subestimar la importancia de este fenómeno.

La experiencia de Shackleton

Sir Ernest Shackleton fue sin duda uno de los más grandes exploradores que haya existido jamás. A finales de 1914 se encontraba liderando la expedición a la Antártida por la que a menudo más se le recuerda ya que, pese a que dicha campaña resultó siendo un auténtico fracaso en cuanto a sus objetivos, se suele mencionar como todo un ejemplo de liderazgo en circunstancias adversas. A principios de 1915 su barco, el Endurance, quedó atrapado en el hielo y tras varios meses de deriva en ese medio esperando que se liberase, lo acabaron abandonando. El barco terminó destrozándose hecho astillas por la presión creciente del hielo sobre su casco, tras lo que Shackleton reunió a su tripulación y en un tono tranquilo y con calma les dijo “el barco y las provisiones han desaparecido, de modo que ahora regresaremos a casa”, y así emprendieron un largo éxodo para salir de allí y regresar a casa.

Shackleton era un líder nato, con una personalidad carismática y una fuerza de voluntad extraordinaria, capaz de tomar decisiones difíciles que entrañaban un gran riesgo pero inevitables si querían sobrevivir. Así ocurrió que llegado un punto de la travesía se hizo evidente que nadie iba a encontrarlos en aquel rincón del mundo, por lo que se vio obligado a dejar a su tripulación en un campamento provisional en Isla Elefante y tratar de cruzar en un bote con otros cinco miembros las aguas más tempestuosas del planeta. Su objetivo era llegar a una estación ballenera situada a más de mil kilómetros en la isla de Georgia del Sur y regresar de nuevo para rescatarlos. Tras una heroica y peligrosa travesía de diecisiete días en bote a través de mares embravecidos, los seis hombres en un estado penoso y lamentable consiguieron alcanzar Georgia del Sur pero la odisea aún no había terminado: el ansiado puesto ballenero estaba en la costa norte de la isla mientras que ellos habían desembarcado en la punta sur. Ante el dilema de volver a usar el bote para rodear la isla por mar o cruzarla a pie, se optó por ésta última alternativa dejando a tres hombres junto al bote en la costa sur y dirigiéndose con los otros dos por tierra hasta la estación ballenera. Este tramo duró treinta y seis horas terribles, sin equipamiento de montaña, a una velocidad de marcha durísima y a veces a ciegas, donde era primordial llegar cuanto antes independientemente de si el camino más corto era el más peligroso, ya que estaban en juego las vidas de veintidós hombres más y, si no lo lograban, nadie encontraría nunca al resto con vida.

Al final los tres lo consiguieron y alcanzaron su destino. Estaban prácticamente desfallecidos y más muertos que vivos pero se habían salvado y era sólo cuestión de tiempo el organizar una misión de rescate para volver a por el resto de la tripulación. Así lo hizo y en aquella aventura Shackleton no perdió a ningún hombre. Su proeza fue legendaria y, teniendo en cuenta las numerosas hazañas que integran su historial, es algo paradójico que muchos expertos (incluido él mismo) consideren este “fracaso” como su mayor logro.

Un tiempo después, en su libro South, Shackleton narró con gran detalle todo lo acontecido en aquellos meses y al llegar a la última parte confesó que al atravesar la isla de Georgia del Sur había habido momentos en que había tenido la extraña sensación de que eran cuatro personas en lugar de tres las que iban marchando: había sentido la presencia de un cuarto hombre junto a ellos. Lo más curioso del caso es que sus dos acompañantes también lo habían experimentado pero ninguno se había atrevido a compartirlo con los otros, y no fue hasta que primero uno y luego el otro se animaron a confesárselo en privado que descubrieron que los tres habían sentido lo mismo. En aquellos duros momentos durante su penosa travesía hubo ocasiones en que les había parecido que les acompañaba un cuarto hombre.

Dada la dilatada carrera del prestigioso explorador y el éxito de su aventura, no resultó difícil que nadie dudase de su testimonio y aquel suceso dio lugar a numerosos comentarios en torno a su posible sentido. Al ser Shackleton una persona creyente él le atribuyó un origen divino y fue una de las explicaciones más aceptadas, junto a la de quienes opinaban que no era más que una alucinación causada por la fatiga y la deshidratación. De cualquier forma aquel fue el caso que bautizó al  fenómeno. Bueno, aún falta un pequeño detalle por explicar: por qué se le llama el tercer hombre en lugar del cuarto hombre como sería más exacto de acuerdo a lo sucedido. Ahí es donde interviene el poeta T. S. Eliot, que en su obra más aclamada, “La tierra baldía”, hace mención a ese episodio pero se toma la licencia de cambiar el número de caminantes y así queda reflejado en sus versos:

¿Quién es el tercero que camina siempre junto a ti?
Cuando cuento, sólo estamos tú y
yo pero cuando miro hacia adelante
siempre hay otro que camina a tu lado.

La vivencia de Shackleton no es la única (ni siquiera la más famosa) y a lo largo de los años se han ido registrando numerosos casos, lo que hace que podamos hablar de un fenómeno en toda regla en lugar de tratarlo como algo anecdótico. De hecho da la impresión de que ha ocurrido una explosión de experiencias de tercer hombre de un tiempo a esta parte y esto podría deberse a varias causas. Una de ellas puede ser la creciente afición por las experiencias extremas y actividades de riesgo, lo que multiplica el número de situaciones más propensas para que se desencadene este fenómeno. Además también es posible que en la época de las grandes exploraciones sí que se produjeran episodios similares al de Shackleton pero que no llegasen a conocerse porque las personas que los habían experimentado no quisieron arriesgarse a la burla de sus colegas y a la posible mancha en su historial (hay que tener en cuenta que admitir un hecho de esas características podía implicar el cerrarles las puertas de futuras campañas y el fin de sus carreras). Además ocurre que en la mayor parte de las exploraciones los informes que se elaboraban eran de carácter oficial, por lo que se tenderían a omitir detalles superfluos y no puede asegurarse si ese tipo de experiencias era algo frecuente.

El caso de Ron DiFrancesco

El estremecedor caso de Ron DiFrancesco es también bastante conocido. La  mañana del 11 de septiembre de 2001 Ron se encontraba trabajando en su oficina del piso ochenta y cuatro de la torre sur del World Trade Center de Nueva York cuando se desató la tragedia: un avión había impactado contra la torre  norte. En principio no había motivo para evacuar la torre sur, así que Ron telefoneó a su mujer para contarle lo que había pasado y para decirle que se encontraba bien, y después siguió trabajando. A los pocos segundos recibió una llamada de un amigo de Toronto que le dijo que saliese pitando de allí. Ron estuvo de acuerdo y, tras telefonear a unos clientes, volvió a llamar a su esposa para comunicarle el cambio de planes.

Al poco de abandonar su puesto ocurrió una explosión en el piso en el que trabajaba y DiFrancesco se vio cubierto de restos de techo y de paredes. Aún no podía saberlo pero un segundo avión acababa de impactar esta vez contra su torre. Un agujero enorme ocupaba el suelo de la oficina donde momentos antes se había encontrado y que había abandonado justo a tiempo. Se dirigió como pudo hacia la escalera A, la más próxima a donde se encontraba y que por pura casualidad resultaba ser la única de las tres escaleras de emergencia que no había sido afectada por la colisión y por tanto la única que ofrecía una vía válida de escape a quienes se encontraban por encima de la zona de impacto. Allí, junto a otras personas, comenzó a descender casi a oscuras entre humo hasta llegar a un piso en el que se encontraron con una pareja que subía debido a que un poco más abajo había muchísimo fuego y humo. La pareja era de la opinión de que lo mejor era volver arriba y esperar a ser rescatados, así que tras deliberar un rato optaron por hacerles caso y dieron la vuelta para dirigirse de nuevo hacia arriba.

Un nuevo problema surgió al comprobar que las puertas de emergencia que permitían el acceso desde la escalera a los pisos se habían bloqueado como consecuencia del sistema de seguridad automático que se activaba en caso de incendio, por lo que era imposible abandonar la escalera que, a medida que ascendían, se iba volviendo cada vez más abarrotada. Ron se fue angustiando hasta que llegado un punto decidió, en medio de la desesperación, volver a bajar para intentar salir de allí como fuese. Sin embargo las condiciones habían empeorado ya que la cantidad de humo había aumentado y los restos de una pared caída cortaban el paso hacia pisos inferiores. Unas cuantas personas se encontraban allí bloqueadas, tumbadas boca abajo y acurrucadas en las esquinas, algunas sollozando y otras perdiendo ya el conocimiento.

En ese callejón sin salida se produjo el hecho decisivo que marcó la vida de Ron: oyó una voz que le ordenaba levantarse. Era una voz masculina y poderosa que le instaba a seguir con tanta insistencia y le inspiraba tanta confianza que incluso cuando le animó a que cruzase las llamas para superar el fuego Ron fue incapaz de negarse. Alguien le estaba guiando para escapar de aquella trampa mortal. Así consiguió atravesar unos tres pisos ardiendo hasta lograr alcanzar la claridad y quedar por debajo de los niveles incendiados. En ese momento dejó de sentir la misteriosa presencia. Una vez superada esa zona, continuó el descenso hasta llegar al vestíbulo desde donde un guardia de seguridad le impidió salir a la plaza entre ambas torres debido al peligro que corría ya que volaban numerosos restos y caían cuerpos desde lo alto. Le ordenó dirigirse a la salida sur pero una vez allí de nuevo se le redirigió a otra salida, la nordeste, que daba a una zona libre y segura. Justo antes de alcanzarla oyó un estruendo infernal y vio una enorme bola de fuego avanzando hacia él. Corrió cuanto pudo y la explosión le alcanzó por detrás cuando llegaba a las escaleras de acceso a la calle dejándolo inconsciente. Despertó tres días después en un hospital (se desconoce quién lo sacó de entre los escombros y lo llevó hasta allí). Más tarde se enteró de que él había sido el último hombre en salir de la torre sur y una de las cuatro únicas personas que escaparon con vida de entre todas las que se encontraban por encima de la zona de impacto en aquella torre.

Posteriormente en una interpretación similar a la de Shackleton, DiFrancesco asoció la presencia a un milagro atribuyendo la voz que le había ayudado a la voz de Dios. Resulta evidente que el sentido de estas experiencias depende de las personas que las viven. Así las personas creyentes suelen atribuirlas a una intervención divina y no es raro que aseguren que han sido testigos de la aparición de su ángel de la guarda2. En el caso de la presencia que sintió Ron, el que se tratase o no de un ángel de la guarda es algo discutible. Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que fuese cual fuese el origen de aquella voz, DiFrancesco consiguió salvarse aquella mañana gracias a la intervención de esa misteriosa aparición.

Charles Lindberg

La experiencia del piloto Charles Lindbergh es también de las más recordadas. A bordo de El Espíritu de San Luis realizó en 1927 el primer vuelo sin escalas y en solitario entre Nueva York y París. Durante la larga travesía sobre el Atlántico llegó un punto en el que el piloto sintió que no estaba solo. En la cabina había unas figuras apenas definidas que le acompañaron durante el tramo final de su viaje y que le mantuvieron despierto y alerta. A pesar de no ser capaz de recordar ni una sola de las frases que intercambiaron, afirma que conversó con ellas discutiendo sobre temas de navegación y dejándose aconsejar sobre ciertos aspectos del vuelo. En cualquier caso Lindbergh se mantuvo despierto todo el trayecto y consiguió aterrizar sin problemas en el destino previsto convirtiendo su hazaña en toda una leyenda.

En lugar de atribuirlo a una intervención divina, para Lindbergh no se trató más que de una alucinación aunque la impresión que le causaron aquellos acompañantes fue la de seres amistosos y sin otra intención que la de ayudarle. Esto último resulta muy interesante porque pese a considerarlo como algo irreal ni siquiera el mismo piloto pudo ignorar el efecto beneficioso que había tenido en su aventura. Es por ello por lo que el tercer hombre tiende a considerarse como un fenómeno aparte y distinto al de las alucinaciones corrientes que tienden a desorientar y confundir a quien las padece, ya que en este caso es evidente que un piloto delirando difícilmente podría concluir con éxito un vuelo de esa dificultad. Incidiremos en este punto más adelante ya que es una de las principales críticas que se le hacen al fenómeno.

La mayoría coincide en opinar que la alucinación de Lindbergh fue debida a la falta de sueño pero el psicólogo Woodburn Heron opina que hay otra posible explicación: la monotonía. El término “monotonía” tal cual se menciona aquí hace referencia a la monotonía sensorial, consistente en la reducción o ausencia de estímulos externos. Heron junto a otro psicólogo, Donald O. Hebb, han realizado experimentos en tanques de aislamiento sensorial en los que se aísla al sujeto de todas las posibles fuentes de estímulo externas, con lo que se consigue que el individuo pierda la noción de su propio cuerpo. En ocasiones se llegan a relatar casos en los que el sujeto siente la presencia de una segunda persona junto a él en el interior del tanque. La estimulación monótona prolongada puede hacer que el cerebro genere alucinaciones para escapar de esa monotonía y mantenerse ocupado, por lo que podemos por tanto asumir como posible que la mente sea capaz de crear un artificio para contrarrestar la sensación de monotonía y aislamiento que puede afectarnos en ciertas circunstancias. Según ambos psicólogos la percepción que tenemos de nuestro alrededor no se limita al medio externo sino también a nuestro cuerpo y así se cita, por ejemplo, el caso de las personas con miembros amputados que los siguen sintiendo como si aún formasen parte de su cuerpo. Algunos explican esto asumiendo que la imagen que tenemos de nuestro cuerpo es una ilusión mental que en circunstancias normales coincide con la realidad pero que no por ello deja de ser un artificio, por lo que en ocasiones la concepción mental del propio cuerpo queda separada de la realidad física. Es una hipótesis bastante perturbadora.

Después de echar un vistazo a los casos de Shackleton, DiFrancesco y Lindbergh, da la impresión de que puede ser necesaria la intervención de varios factores para que se desencadene el tercer hombre, ya que no parece que haya una receta única e infalible para ello. A falta de algo más concreto los psicólogos Peter Suedfeld y Jane Mocellin tras analizar numerosos casos proponen el principio de los “múltiples disparadores”, en el que un conjunto de circunstancias se dan simultáneamente o por separado y hacen que se propicie el evento. Entre esos factores podemos encontrar el estrés, hipotermia, hipoglucemia, hipoxia, fatiga, falta de sueño, monotonía, soledad, sensación de peligro, sufrir heridas o lesiones, etc., es decir, toda una lista de elementos que a veces mezclados o en otras ocasiones individualmente pueden originar el fenómeno. Por ejemplo, en el caso de Lindbergh encontramos la siguiente combinación de factores: una sola persona, encerrada en un espacio mínimo, con falta de sueño, en condiciones de estrés y sobrevolando un inmenso paisaje prácticamente uniforme sin referencias externas.

El caso de Frank Smythe

En 1933 el alpinista Frank Smythe formaba parte de la cuarta expedición británica con el objetivo de ser los primeros en alcanzar la cima del monte Everest.

En la última etapa desde el Campamento Seis sólo Smythe y Shipton continuaban su camino hacia la cumbre pero debido a las condiciones meteorológicas adversas se vieron obligados a pasar más tiempo del previsto a 8350 metros dentro de los límites de lo que se conoce como la zona de la muerte3. Su deterioro físico era más que notable debido a la altitud, la escasa cantidad de oxígeno, la falta de sueño, la alimentación inadecuada, etc., y en palabras de Smythe “cualquier persona que nos hubiese visto salir del campamento habría opinado que tendríamos que estar en el hospital”. Shipton se retiró hacia los 8500 m continuando Smythe en solitario. Exhausto como se encontraba, con apenas fuerzas y en un estado similar al de un conductor ebrio tuvo que rendirse cuando sólo trescientos metros le separaban de la gloria, con lo que puede uno imaginarse el esfuerzo sobrehumano que requería avanzar en aquellas condiciones. En sus propias palabras, “los últimos  trescientos metros del monte Everest no son para simples personas de carne y hueso”. Desilusionado dio la vuelta y en el descenso se detuvo un momento a resguardo para un breve respiro y recuperar fuerzas. Toda la comida que llevaba encima era una simple barrita de dulce de menta Kendal, por lo que lo sacó del bolsillo y tras partirlo por la mitad se giró para ofrecerle un trozo a su compañero. Naturalmente al darse la vuelta no encontró a nadie. Lo que ocurría era que, desde que Shipton se hubo retirado, Smythe no dejó de tener la sensación de que le acompañaba una segunda persona. Esa sensación era tan intensa que borró cualquier indicio de desamparo que de lo contrario le habría invadido. La seguridad y la fuerza que le dio esa presencia le acompañaron hasta que divisó el Campamento Seis, momento en que se rompió el vínculo con ella y, aunque Shipton y la tienda estaban a pocos metros de él, no pudo evitar sentir una gran sensación de soledad.

Smythe no buscó explicación para lo ocurrido y se limitó a decir que “las personas bajo estrés físico y mental experimentan cosas curiosas en las montañas”. Esa afirmación se ve respaldada por multitud de casos, ya que entre los alpinistas este tipo de experiencias parece ser bastante corriente. De hecho, en un estudio sobre treinta y tres alpinistas españoles se encontró que un tercio de ellos había experimentado episodios alucinatorios, siendo el tipo más común aquél relacionado con la sensación de un compañero imaginario detrás del alpinista. De acuerdo a la teoría de los múltiples disparadores, aquí entrarían en juego la altura, el frío, la hipoxia, el aislamiento, la monotonía y la soledad, como las causas más probables. Aún así, Greg Child opina que un alpinista experimentado ha pasado por tantos tipos de eventualidades que para cada sensación percibida es capaz de atribuirle una causa: hipoxia, deshidratación, fatiga, desequilibrio químico, etc., pero quienes han sentido un tercer hombre no son capaces de asociarlo a los síntomas de ninguno de esos factores. Para Child, el tercer hombre es mucho más real que una alucinación por un fallo del cerebro.

Otra situación en la que se es muy proclive a experimentar este fenómeno se da en alta mar, tanto en náufragos como en navegantes en solitario. Es evidente que la actitud en esas dos circunstancias no es la misma, ya que el que se embarca para realizar una larga travesía en solitario es consciente de lo que tiene por delante, mientras que en circunstancias normales al subirse a un barco nadie lo hace pensando en que va a ser víctima de un naufragio. De cualquier modo hay que diferenciar dos tipos de experiencias: por un lado estarían las de tercer hombre similares a las ya vistas, y por otro estarían las alucinaciones psicóticas. Son totalmente opuestas en cuanto a sus consecuencias ya que el tercer hombre proporciona apoyo y ayuda para superar la situación en que se esté, mientras que las otras alucinaciones tienen como resultado la desorientación y la posible tendencia homicida y/o suicida de quien la padece, ya que los delirios que se dan en alta mar suelen terminar con la muerte del afectado al ahogarse. Esta distinción entre ambos tipos de experiencias no es en absoluto caprichosa ya que hay numerosas personas (sobre todo alpinistas como el ya mencionado Child) que han vivido las dos y diferencian claramente una de la otra, tanto en las sensaciones que generan como en la importancia en cuanto a su desenlace. Así mientras que una aumenta las probabilidades de sobrevivir, la otra es tremendamente auto-destructiva. Se desconoce qué es lo que hace que se manifieste uno u otro fenómeno, aunque los delirios psicóticos pueden tener su principal causa en la ingestión de agua salada que algunos náufragos toman para tratar de calmar la sed. En última instancia puede que simplemente dependa de la actitud y de las ganas de sobrevivir de quien se ve en esa desesperada situación.

Critchley y los primeros estudios científicos

A mediados del siglo XX el neurólogo Macdonald Critchley fue el primer científico en estudiar seriamente los testimonios de tercer hombre. Había habido algunos estudios previos, como el del psiquiatra alemán Karl Jaspers que tratando con esquizofrénicos había observado sujetos que tenían la sensación de que había alguien cerca al que no podían percibir de ninguna manera por medio de los sentidos, a pesar de que su presencia era claramente concretada por ellos. Pero a diferencia de esos estudios, Critchley se fijó en que ese fenómeno podía darse también en personas normales sin ningún trastorno mental y que además en esos casos la presencia tenía un efecto beneficioso. Aunque fue incapaz de explicar las diferencias con respecto a las alucinaciones convencionales y no pudo emitir ninguna teoría sobre su origen, sí que constató que el tercer hombre se producía en ausencia de delirio y cuando la persona implicada tenía plenas facultades mentales. Ésa es la principal defensa que se puede plantear a quienes ven en el origen del tercer hombre un fallo cerebral: si se trata simplemente de un efecto debido a la disminución de las funciones cerebrales (por ejemplo, debido a hipoxia por altitud), ¿por qué entonces su efecto es el de servir de apoyo y dar ánimo a quienes lo experimentan, marcando la gran diferencia con las alucinaciones convencionales con su característico sentido de irrealidad?

Critchley apunta que no es raro encontrar niños perfectamente sanos que tienen amigos imaginarios como compañeros de juego sin que ello implique ningún trastorno mental. Se ha visto que los niños bajo estrés son más propensos a tener un amigo imaginario. Es más, en ciertos casos puede llevar asociado un efecto beneficioso para el desarrollo del niño. Algunos investigadores afirman que los casos de estos amigos imaginarios no se tratan de meras invenciones sino que son auténticas alucinaciones y que realmente los niños ven y oyen a sus supuestos compañeros.

Otro dato que parece estar en contra de la hipótesis de un mal funcionamiento del cerebro lo encontramos en algunos estudios llevados a cabo entre viudos y viudas, quienes frecuentemente admiten que hay ocasiones en que sienten la presencia de sus difuntas parejas junto a ellos. Según algunos autores éste podría ser otro de los disparadores a la hora de desencadenar el tercer hombre y sería el llamado estrés por pérdida, también conocido como el efecto viuda4, que se da en un alto porcentaje de aquellas personas que han perdido a su pareja y que consiste en sentir la presencia del ser querido junto a  ellas. Como mínimo es una sensación de estar siendo observado o, en otros casos, es una experiencia sensorial plena (hablar, escuchar, ver o ser tocado). En un sentido más general que el de considerarlo sólo en aquellos casos de la muerte de la pareja sentimental, podemos ampliarlo a aquellos otros casos en los que ha ocurrido la muerte de algún colega o compañero de aventuras. Así podemos encontrar este factor como un elemento clave de alguna de las ascensiones más aclamadas en el mundo del alpinismo, entre ellas alguna del alpinista Reinhold Messner5 que perdió a su hermano mientras descendían del Nanga Parbat en 1970.

La hipótesis de Julian Jaynes

Dentro de otra corriente, el psicólogo Julian Jaynes plantea una hipótesis bastante atrevida que podría servir para dar una explicación al fenómeno del tercer hombre: el bicameralismo. Según Jaynes, en tiempos ancestrales la mente del ser humano presentaba un estado marcado por la separación funcional de los dos hemisferios cerebrales en un grado tal que las funciones cognitivas estaban divididas, habiendo una parte de nuestra mente que “hablaría” y otra parte que se limitaría a “escuchar y obedecer”. Jaynes sostiene que hoy en día aún hay indicios de la mente bicameral primigenia, como por ejemplo en la infancia, lo que podría explicar los amigos imaginarios durante la niñez. También pone el caso de personas con esquizofrenia que oyen voces que les ordenan realizar ciertas acciones y que se sienten forzados a obedecer por muy irracionales que sean esas órdenes. Afirma que en el ser humano actual puede existir cierto valor umbral a partir del cual ocurrirían las alucinaciones propias de una mente bicameral, aunque haría falta una situación lo suficientemente estresante como para desatarla. En esos casos, el hemisferio izquierdo del cerebro usualmente dominante cedería su mando al derecho, viéndose así relegado a un segundo plano el pensamiento lineal, lógico y realista, para dejar paso a la creatividad, la imaginación y al razonamiento no lineal. De esta forma se puede asumir que en ocasiones la parte racional de nuestra mente sucumbe ante su otra mitad más ilógica y puede dar lugar a episodios en los que percibimos una realidad alterada que no se correspondería con el medio externo objetivo. Jaynes se centra sobre todo en alucinaciones auditivas pero admite que pueden ir acompañadas de otras de tipo visual.

Esta teoría cuenta con numerosos seguidores y detractores. Parte de su apoyo se basa en la lateralización de las funciones cerebrales, que suele resumirse algo erróneamente mediante la generalización de que los hemisferios cerebrales están cada uno especializado en distintas funciones y procesos cognitivos. El bicameralismo también tiene algunos puntos en común con la teoría del cerebro dual que afirma que los dos hemisferios del cerebro sienten y reaccionan de manera independiente frente a estímulos externos. Entre sus partidarios se encuentra Peter Suedfeld que sostiene que la sensación de apoyo y de ánimo que se siente al experimentar el fenómeno puede hacer que se considere como una estrategia de afrontamiento6 al sorprenderle la capacidad de refuerzo que tiene sobre el individuo la irrupción de la presencia así como la capacidad que le otorga para superar esa situación, ya que a veces el tercer hombre no sólo hace compañía a quien lo experimenta sino que proporciona consejo, información  útil o, incluso en alguna ocasión, parece tener una acción directa aumentando la probabilidad de supervivencia del sujeto. Según Suedfeld, estas experiencias no son ningún síntoma de un colapso sino todo lo contrario: es una respuesta adaptativa, una reacción normal a una situación anormal. Eso también explicaría el hecho de que nunca se tiene una sensación de irrealidad sino todo lo contrario, como si fuese lo más normal del mundo, así como tampoco se siente terror ni se tiene la sensación que alguien esperaría tener al enfrentarse a algo sobrenatural. No ve ninguna base real para considerarlo un síntoma psiquiátrico aparte de su similitud con algunas alucinaciones psicóticas, y sí que ve indicios para incluirlo entre las estrategias de afrontamiento en situaciones poco frecuentes. Así en ciertas circunstancias como pueden ser un fuerte estrés y un ambiente monótono puede darse ese cambio de papeles entre los dos hemisferios cerebrales.

Otro psicólogo que sigue las ideas de Jaynes es Michael Persinger, quien ha sugerido una posible conexión entre las alucinaciones y las perturbaciones magnéticas, ya sean de origen interno en el cerebro o de origen externo (bien de tipo natural debidas a seísmos, tormentas solares, etc., o artificiales inducidas por dispositivos eléctricos). Persinger opina que es posible que el hemisferio derecho del cerebro puede ser más sensible a los cambios geomagnéticos, pudiendo éstos producir alteraciones mentales como las que favorecen el tercer hombre. En esa línea, ha realizado experimentos tratando de inducir estados de conciencia alterados aplicando débiles campos magnéticos por medio de un casco modificado y parece que ha conseguido cierto grado de éxito, aunque sus resultados han sido bastante discutidos y puestos en entredicho por algunos científicos7.

Entre los detractores de la teoría de Jaynes destaca el neurólogo Peter Brugger que, analizando personas que presentaban daños cerebrales o alguna disfunción en el hemisferio derecho y que aún así habían sentido una presencia, llegó a la conclusión de que no había una correlación entre ambos hechos y que incluso  había un número de casos en los que el hemisferio implicado era el izquierdo y no el derecho.

Los estudios de Olaf Blanke

Llegamos ahora a la que es quizás la evidencia más intrigante de cuantas podemos encontrar estudiando este fenómeno, y que se refiere a los hechos observados por el neurólogo Olaf Blanke y un grupo de investigadores en Suiza mientras trataban a una joven estudiante que padecía epilepsia. Se encontraban estimulando mediante electrodos distintas áreas de su cerebro cuando observaron que al estimularle una zona concreta la joven giraba la cabeza hacia un lado. Al comprobar que cuando volvían a aplicar la ligera descarga en el mismo sitio se repetía ese hecho, le preguntaron por qué se giraba. La muchacha respondió que había tenido la extraña sensación de que había alguien cerca. Esa misma sensación aparecía cada vez que activaban la corriente y desaparecía en cuanto la desconectaban. La estudiante llegó incluso a describir a la presencia como una persona  joven a pesar de no poder percibirla de ninguna forma por medio de los sentidos ya que, según dijo, ni se movía ni hablaba. Los investigadores siguieron experimentando por esa vía y tras una serie de pruebas lograron aumentar la intensidad de esa alucinación (la chica llegó incluso a sentir que la habían tocado).

Los neurólogos publicaron un artículo en Nature en el que explicaban cómo habían sido capaces de inducir artificialmente la ilusión de una presencia imaginaria. Ya había habido algún caso similar en personas con daños en la misma área del cerebro así como en esquizofrénicos, ya que en la esquizofrenia se observa una hiperactividad de la misma área cerebral que la estimulada en este caso, lo que puede causar que crean que su cuerpo es el de otra persona así como el que atribuyan sus propias acciones a otra persona. La zona implicada en todos estos casos es la misma, y se trata de la zona donde se unen el lóbulo parietal y el temporal. Ese área está implicada en la conciencia espacial de nuestro cuerpo y nos ayuda a la hora de distinguir nuestra identidad física de la del resto. Concretamente, el lóbulo parietal es el que integra y organiza cierta información sensorial como el sentido espacial y la orientación, mientras que el temporal es el encargado de procesar los estímulos externos. Entre ambos proporcionan una representación de nuestro entorno y de nuestro cuerpo que podemos asimilar sin ninguna dificultad en condiciones normales. Blanke y sus colegas sospechan que el fenómeno puede estar originado por un error de procesamiento de la información en nuestro cerebro que afectaría a nuestra percepción de nuestro propio cuerpo en el espacio, confundiendo estímulos procedentes de un entorno indefinido.

Pero todos esos casos se han dado en un entorno controlado y mediante estimulación artificial al haber sido realizados en clínicas, mientras que en ambientes extremos o en situaciones de estrés no hay electrodos en las cabezas de quienes experimentan el tercer hombre.

Dennis Chan y Martin Rossor dan una posible explicación para los casos “naturales”. Opinan que el cerebro intenta exteriorizar en forma de otra persona el déficit de datos sensoriales que recibe en esas situaciones intentando crear un compañero para paliar la ausencia de sensaciones, ya que al ser el lóbulo parietal quien se encarga de procesar los estímulos externos puede ser que en caso de que ésos sean insuficientes trate de inventárselos y se saque de la manga una presencia imaginaria que ocupe ese vacío sensorial. Estamos continuamente bombardeados por todo tipo de estímulos variables que hacen que el cerebro esté activo procesando todas esas señales para integrarlas y obtener una representación de nuestro entorno. En escenarios apenas diferenciados y sin mucho contraste, como pueden darse en alta mar, en un desierto, en regiones polares, en montañas, etc., el cerebro no está tan ocupado en esos procesos ya que apenas hay variación del entorno. Lo mismo puede aplicarse a espacios reducidos como la cabina de un avión, las entrañas de un submarino, el interior de una estación espacial, etc, y esa sensación de monotonía puede intensificarse aún más cuando estamos solos. En esas situaciones, el tercer hombre podría desencadenarse para mantener al cerebro con un mayor nivel de actividad en entornos donde no hay suficientes estímulos externos que cumplan esa tarea.

En busca de una causa

Acabamos de ver que Blanke atribuía el tercer hombre a un error de procesado de la información que afectaría a la percepción de nuestro propio cuerpo y que distorsionaría la concepción espacial. Eso también es coherente con lo observado en algunas experiencias meditativas ya que se ha registrado un cambio en la actividad parietal durante los clímax de ésas, lo que parece apoyar la idea de que ese área está estrechamente ligada a las experiencias místicas y religiosas. En cualquier caso esa explicación respondería a la pregunta de “cómo”, pero aún queda por responder la cuestión de “por qué”.

Una pista a esa pregunta quizás la podamos encontrar en un caso sufrido por el médico anestesista Paul Firth, que también es aficionado al alpinismo y que experimentó un episodio de tercer hombre estando en el Aconcagua. Para Firth el fenómeno no es más que un cortocircuito neurológico causado por una reducción en el aporte de oxígeno a esa zona concreta del cerebro, provocando una distorsión en la concepción espacial que podría hacer que percibiésemos nuestro cuerpo como algo externo a nosotros y lo atribuyésemos a una segunda persona independiente y autónoma sin conexión con nuestras acciones y decisiones. Así, en situaciones en que el suministro de oxígeno a este área implicada es insuficiente, como en los casos de hipoxia al practicar alpinismo, se podrían provocar alteraciones de la concepción de nuestro propio ser y nuestro entorno y originar alucinaciones en las que parece haber otra persona junto a nosotros cuando realmente no es así.

Habiendo sido testigo de numerosas situaciones extremas, el doctor Ken Kamler tiene una teoría para justificar por qué se produce el tercer hombre. Este especialista en medicina extrema además de aficionado al alpinismo8 explica que la mayor parte de nuestras vidas el cerebro se encuentra funcionando en “modo de rutina”, ya que solemos encontrarnos en ambientes seguros y estables casi continuamente. Pero en situaciones de estrés el cerebro cambia su nivel de actividad y da prioridad a aquellas funciones que le son imprescindibles para sobrevivir, pasando así, por seguir con la analogía, a “modo de supervivencia”, y preparando mecanismos que aumentan las probabilidades de seguir con vida. El cerebro consume la mayor parte de oxígeno y de energía que requiere el cuerpo, así que en situaciones críticas habría áreas del cerebro que al no ser esenciales sería conveniente desconectar para optimizar los recursos y garantizar que aquellas otras funciones primordiales para la supervivencia no se viesen comprometidas. Entre esas áreas que verían disminuida su actividad se encuentran los lóbulos parietal y temporal, lo que tendría como efectos secundarios la distorsión de nuestra propia identidad (al suspender su actividad el parietal) y la confusión en los estímulos externos (al suspender su actividad el temporal). Según Kamler, esa combinación tiene como efecto el que se asocien ambas carencias y que el cerebro intente dar forma y sacar sentido a esos estímulos confusos en un espacio distorsionado por medio de la proyección de una imagen fantasma. Así se integraría el caos reinante en la figura de una presencia que facilitaría la adaptación al entorno en esos momentos de crisis y que serviría de referencia a la que anclarse y dejarse guiar para superar esa situación percibida como una realidad alterada.

Desde ese punto de vista el tercer hombre no sería algo sobrenatural, ni un colapso mental, sino un mecanismo de supervivencia que el cerebro ha desarrollado para mantenernos vivos en situaciones extremas.

El triste caso de Maurice Wilson

Cerca ya de concluir el presente artículo puede pensarse que todo el fenómeno tiene bastantes puntos discutibles, sobre todo al fijarse en que el supuesto efecto beneficioso de la aparición se basa en los testimonios de supervivientes que afirman haberse salvado gracias a su ayuda, pero eso no quiere decir que no haya otros episodios en los que la persona implicada haya perecido y de los que lógicamente no hay constancia. De todos modos hay un caso que podemos citar como réplica a esa crítica: se trata de la triste historia del inglés Maurice Wilson durante su intento de coronar el monte Everest en 1934.

Wilson era un excéntrico personaje que en los años 30, sin tener ninguna experiencia en alpinismo y con un equipamiento totalmente inadecuado, se propuso ser el primero en alcanzar la cumbre más alta del mundo. Tras un primer intento fallido en solitario que le obligó a regresar al monasterio del que había partido, se dispuso a probar suerte de nuevo a los pocos días contando esta vez con la compañía de dos sherpas. Con su ayuda consiguió llegar sin contratiempos al Campamento Tres, donde se vieron obligados a permanecer varios días debido al mal tiempo. Los sherpas no estaban nada convencidos de las posibilidades de éxito de la ascensión, por lo que decidieron no seguir adelante. Wilson seguía empeñado en intentar el ascenso a pesar de los esfuerzos de sus guías que trataron inútilmente de convencerlo de que abandonase y regresase con ellos, así que se quedó solo. Lo que ocurrió luego lo sabemos gracias a que llevaba consigo un diario en el que registraba lo que iba aconteciendo, aunque lo que aún se desconoce y ha sido objeto de numerosos debates es si su decisión de continuar adelante se debió bien a que de verás creía tener alguna posibilidad de éxito o bien a que se había resignado a su destino y prefería la muerte a la humillación de regresar habiendo fracasado. El caso es que al final de una jornada, sufriendo ceguera de la nieve9 y en un estado penoso, un Wilson totalmente exhausto se sintió sorprendido por la sensación de que no estaba solo, de que había alguien a su lado: “curioso, pero todo el tiempo siento alguien conmigo en la tienda”. Ello no impidió que en lugar de regresar con los sherpas hiciese un último intento para alcanzar la cima. Su última entrada en el diario es breve: “De nuevo activo, un día precioso”. No llegó muy lejos y el sufrimiento que padeció en sus últimas horas sólo puede imaginarse. Sus restos, junto con su diario, fueron encontrados durante una expedición de reconocimiento al año siguiente.

De este último caso se concluye que no todas las personas que experimentan el tercer hombre se salvan. Para ello es requisito imprescindible que la persona implicada quiera sobrevivir ya que no existe ningún ser imaginario, por muy poderoso que sea, que pueda hacer que alguien con deseos de morir sea salvado.

Recapitulación

Este artículo está basado casi prácticamente en su totalidad en el libro “The Third Man Factor” de John Geiger. Me he limitado a comentar y a hacer un breve análisis de tan sólo una pequeña muestra de los casos registrados, pero Geiger narra con detalle docenas de casos con testimonios reales y opiniones tanto de las personas que lo experimentaron como de los científicos que lo han investigado.

Yo nunca he vivido una experiencia tercer hombre. Tampoco sé si el fenómeno se debe a un milagro, a un fallo del cerebro, a un truco mental, a una adaptación para sobrevivir, o a otra cosa, ni sé si es debido a que ciertas áreas del cerebro aumentan su actividad o a que otras la ven disminuida, pero de lo que no me cabe ninguna duda es de su existencia y de su importancia.

Aún quedan numerosas cuestiones pendientes de respuesta:

  • Cuando se da en grupos en lugar de en individuos aislados, ¿es posible que haya algún tipo de sugestión? ¿Puede ser que se alcance ese estado de manera independiente y que en varias personas simultáneamente se dé una respuesta psicológica o neurológica en forma de tercer hombre?
  • Se ha visto que muchos lo atribuyen a una aparición de su ángel de la guarda. Claro que también se le puede dar la vuelta a la tortilla, ya que se ha especulado con la idea de que los encuentros con ángeles que se relatan en la Biblia y en otros textos religiosos podrían haber tenido su origen en  fenómenos de este tipo. ¿Se podrían entender algunos supuestos casos de milagros o de apariciones divinas como una manifestación de tipo tercer hombre en lugar de atribuirles un origen sobrenatural? ¿Puede hallarse este fenómeno en la base de los pilares fundamentales de algunas (si no de todas) las religiones?
  • ¿Se puede llegar a dominar el acceso a ese recurso para así poder ser capaces de invocar esa ayuda según se necesite? Sería una enorme ventaja a la hora de distanciarse del problema en que nos encontrásemos y de centrar nuestros esfuerzos en superar la adversidad sin preocuparnos ni desesperarnos ante una emergencia o una situación de riesgo.

Como dije antes, desconozco si el tercer hombre tiene su origen en causas divinas, psicológicas o neurológicas, y ya he confesado que no lo he vivido nunca. Sin embargo ello no evita que me haya formado una opinión al respecto, por lo que me gustaría terminar haciendo una última reflexión. Es acerca de la enorme fuerza de voluntad y las terribles ganas de vivir del ser humano, que al enfrentarse a durísimas condiciones y cuando apenas tiene opciones de éxito es capaz de sobreponerse y luchar con todos los medios a su alcance para salir airoso, incluso si ello implica recurrir a un compañero imaginario que le ayude a continuar aferrado a la vida y a no rendirse. Porque el ser humano es básicamente un ser social y buscará siempre una mano amiga que le ayude en los momentos en que se halle más solo y desesperado. Siempre tratará de buscar un apoyo para superar los obstáculos con los que se encuentre. Y lo hará con tanta intensidad que, si en el momento en que más lo necesite no tiene a nadie a su lado, será capaz de crearlo a partir de la nada.

Referencias

  • 1 También se lo conoce por otros nombres pero ése es el más usual. Por cierto, no tiene ninguna relación con la película del mismo nombre dirigida por Carol Reed en 1949 con guión de Graham Greene. [regresar al texto]
  • 2 Este hecho puede parecer un tanto ingenuo e infantil pero conviene aclarar que, según una encuesta efectuada por el Times en 1996, un 69% de los americanos cree en los ángeles y un 46% afirma tener el suyo propio. De hecho otro nombre por el que se conoce al fenómeno es el de efecto ángel. [regresar al texto]
  • 3 Corresponde a los puntos del planeta que se encuentran sobre los 8000 metros de altitud (otros científicos la sitúan a partir de los 7500 metros o a distintas cotas dependiendo del lugar geográfico) y cuyas condiciones ambientales, debido a la baja presión parcial de oxígeno presente en la atmósfera a esa altura, hace que el ser humano sea fisiológicamente incapaz de aclimatarse ni de sobrevivir en ella más allá de unas cuantas horas. [regresar al texto]
  • 4 No confundir con el fenómeno del mismo nombre basado en datos estadísticos y consistente en el fallecimiento de muchas personas en el periodo comprendido dentro de los tres años posteriores a la muerte de sus parejas. [regresar al texto]
  • 5 Debido a sus múltiples logros así como a su forma de entender y practicar ese deporte, Reinhold Messner es considerado unánimemente como el más grande alpinista de todos los tiempos: fue la primera persona en coronar el Everest en solitario y sin oxígeno suplementario, y también la primera persona en coronar los catorce ochomiles (como se conocen en el mundo del alpinismo a las catorce únicas montañas del mundo que superan los 8000 metros de altura). [regresar al texto]
  • 6 Coping mechanism, en inglés, término que hace referencia a un conjunto de procesos que el individuo emplea para hacer frente a situaciones que le desbordan. [regresar al texto]
  • 7 Entre ellos se encuentra el biólogo Richard Dawkins, que accedió a probar el casco de Persinger con un resultado decepcionante. [regresar al texto]
  • 8 Kamler ha participado como médico en varias campañas de alpinismo, incluyendo la catastrófica campaña de 1996 en el monte Everest donde en una sola jornada murieron nueve alpinistas y otros tres lo hicieron con posterioridad debido a las heridas sufridas. [regresar al texto]
  • 9 También llamada oftalmía de la nieve, es una inflamación de la conjuntiva producida por el aumento de la intensidad de la luz solar al ser reflejada por la nieve y que afecta a los ojos [regresar al texto]

Fuentes

15 comentarios Ir al formulario  RSS de estos comentarios Trackback URL

gran artículo eloy, me ha encantado;

dos pequeños apuntes: 1) le leí a John Lilly que durante los periodos de aislamiento la líbido aumenta — el jing o esencia o energía sexual en el modelo chino. En literatura parapsicológica se ha observado que los episodios de poltergeist suelen ir asociados a personas en “efervescencia sexual” –adolescentes, etc …
2) también se ha relacionado el aumento de la producción de DMT con las grandes alturas –esto lo leí hace tiempo en una revista sobre medicina alpinista o algo así, no podría dar la referencia

Comment by ReVJFKTadeo — 13 abril, 2012 @ 9:25

Sí que es un gran artículo.

Reverendo, creo que esa salidura tiene que ver con el simple hecho de que el organismo “sabe” que va a morir. Pongo “sabe” entre comillas porque no tiene que ser verdad. Como mecanismo biológico tiene mucho sentido para asegurar al menos cierta descendencia.

Esto es cierto incluso cuando esquejo mis cactus; en ocasiones el esqueje empieza a brotar flores como loco, agotando toda su energía en reproducirse en vez de en enraizar de nuevo. A nivel humano, se sabe (aunque es un asunto bastante tabú) que en la última noche de Berlín, antes de la entrada de los rusos, desconocidos se liaban a follar espontáneamente en los portales, porque estaban convencidos de que los iban a pasar a cuchillo a todos/as.

Quizás ese aislamiento, que en muchísimas personas produce pánico, el cuerpo lo interprete como antesala del fin.

Comment by Alberto V. Miranda — 13 abril, 2012 @ 9:35

mmm … en la teoría polivagal stephen porges defiende que ante la muerte iniminente el organismo “resetea” a las capas más antiguas del sistema nervioso –el sistema parasimpático– provocando una parálisis que es útil en los organismos más antiguos para aparecer como muerto ante una presa potencial; al ser el corazón el órgano que más energía produce en el cuerpo y pertenecer a dicha estructura nerviosa puede que esto aumente la energía corporal global (solo una hipótesis).

también se sabe que es el cerebro más antiguo el que tiene que ver con los estados alterados de consciencia (y recientemente parece ser que también las funciones de propicepción). Lo que quizás falte en el modelo de jaynes es también una consideración no solo “horizontal” del cerebro, sino también “vertical”.

relacionado con el espectro autista, esto es precisamente lo que propone la teoría de la Caetextia . No sé si fue ahí o en otro logar donde leí que podía distinguirse un autismo con dominancia en el hemisferio izquierdo (dominado por procesos de lógica, etc) y un autismo con dominancia en el hemisferio derecho (artistas plásticos loco?)

todo esto sacado de lecturas superficiales sobre el tema, que conste en acta, me temo que debería profundizar más para hablar coherentemente…

Comment by ReVJFKTadeo — 13 abril, 2012 @ 12:20

lo del autismo con dominancia en el hemisferio derecho si que era en esa página — http://www.caetextia.com/pages/leftright.html

Comment by ReVJFKTadeo — 13 abril, 2012 @ 12:30

Muchas gracias, Reverendo y Alberto.

Lo que me resulta curioso es que gente de reconocido prestigio se líe la manta a la cabeza y se atreva a hablar de ello de una forma tan aparentemente natural, porque arriesga muchísimo más que una persona corriente que tiene más que ganar (hacerse notar) que perder (si no le creen, aquí paz y después gloria). Ahora no cuesta tanto reconocer este tipo de experiencias pero se sabe que Shackleton tuvo muchas dudas y sufrió bastante antes de decidirse a contarlo, y siempre que tocaba el tema lo hacía con mucho respeto.

Reverendo, eso que comentas del DMT me parece interesante. Tengo pendiente de leer algunos libros de alpinismo y medicina extrema y es posible que se mencione algo, así que si me entero ya lo postearé aquí.

Lo de la líbido es posible que también se haya observado aunque desconozco qué estudios se han hecho. De todos modos es probable que haya diversas situaciones en las que se ve disparada, entre ellas las dos que comentáis ambos.

Comment by Eloy Carrera González — 13 abril, 2012 @ 12:38

aquí más sobre aislamiento y EAC: http://www.earthspirit.com/fireheart/fhefiso.html

Comment by ReVJFKTadeo — 13 abril, 2012 @ 13:15

Eso que dices del sistema parasimpático tiene mucho sentido: además, relajas los intestinos y, vamos a decirlo, te cagas encima. Supongo que esto de enmierdarse es un mecanismo de supervivencia definitivo, pues le quitas al depredador las ganas de comerte a base del asco. Aunque muchos bichos no experimentan ninguno.

Comment by Alberto V. Miranda — 14 abril, 2012 @ 1:05

Eloy, en la época de Shackleton todavía existía un revival muy poderoso de la magia y los arcanos, duradero del último tercio del XIX (justo tras el descubrimiento de neptuno) al periodo de entreguerras. Fue la época de la Sociedad Teosófica, Crowley, Alexandra David-Neel, Gurdjieff, Rasputín y otros fenómenos. Edison y Tesla se tomaban en serio la comunicación con los muertos. Y mil ejemplos más.

No creo que en ese clima fuera en absoluto signo de descrédito hablar de este tipo de experiencias “paranormales”, por llamarlas de alguna manera. Al contrario, era un tema de interés en la alta sociedad ya desde la época de Mesmer.

He oído comentarios parecidos hablando de Kepler, por ejemplo. Carl Sagan dice de él que tenía que ganarse la vida, pobrecito, como astrólogo. Lo que no sabía Sagan es que la astrología moderna la inventó él. No tener claro el contexto puede desvirtuar muchísimo la apreciación.

Comment by Alberto V. Miranda — 14 abril, 2012 @ 1:11

Sí, es posible lo de que en esa época se hubiesen aceptado bien ese tipo de declaraciones pero también era la época de Conan Doyle y su particular interés en destapar los fraudes de la parapsicología, y de Houdini en su cruzada contra los estafadores que fingían hablar con los muertos, así que no lo veo del todo claro. Yo es que me pongo de la parte de la sociedad que tenía una postura más racional ;-)

Comment by Eloy Carrera González — 14 abril, 2012 @ 4:55

Maticemos: http://es.wikipedia.org/wiki/Harry_Houdini#Houdini_y_Sir_Arthur_Conan_Doyle

Comment by Alberto V. Miranda — 14 abril, 2012 @ 10:26

Ahí me has pillado ;-)

Comment by Eloy Carrera González — 14 abril, 2012 @ 19:35

Me se ha escurrido una pequeña teoría para explicar el tercer hombre.

Según el modelo de Sperry tenemos dos cerebros integrados en uno: el verbal y el no-verbal; llamémosles así por comodidad. No necesariamente se han de identificar unívocamente con el hemisferio izquierdo o el derecho, pues los hemisferios comparten multitud de funciones.

Lo que no es tan obvio es que, mientras el verbal está volcado hacia adentro, y parece ocurrir en nuestro interior (la vocecita en la cabeza), la realidad percibida, que en realidad sólo existe en el cerebro no-verbal, la percibimos situada FUERA.

Este texto no está en la pantalla: está en tu cerebro. Pero tu cerebro lo sitúa fuera de sí mismo.

Supongamos que en una situación de emergencia pasa lo mismo, pero con el cerebro verbal: en ese caso, la voz del ego, la que percibimos en nuestro interior, la percibiríamos FUERA. Velando por nosotros y dándose mimos como hace habitualmente cuando está contenido en la cabeza.

Ergo: creo que el tercer hombre consiste en la externalización momentánea de nuestro propio ego, o al menos de una escisión de él.

Comment by Alberto V. Miranda — 17 abril, 2012 @ 22:41

También podría ser una “invasión verbal” del cerebro no-verbal. Doctores hay que saben de esto.

Comment by Alberto V. Miranda — 17 abril, 2012 @ 22:46

Nunca olvidaré aquel mediodía viendo las noticias sobre el 11-s

Comment by parapente — 21 junio, 2012 @ 8:45

Muy interesante el artículo, felicidades a su autor. La verdad que el tema del tercer hombre es interesante y abre una puerta mas a ese gran desconocido que es nuestro cerebro.

Mi opinión es que el ser humano es un ser vivo mas dentro de la evolución y como tal no le queda otra que estar diseñado para la supervivencia y la perpetuación de la especie para de esta manera poder sobrevivir en la cadena evolutiva. Y el cerebro como parte fundamental del ser humano orienta sus acciones y reacciones a tal fin. No obstante existen matices importantes a esto, y es que no todo es tan sencillo.

En mi opinión, coexisten dos cerebros en constante lucha, por un lado está el cerebro mas instintivo (que se encuentra mas interno físicamente y por lo tanto mas protegido de los golpes y posibles daños) este cerebro controla las acciones básicas de la vida tales como controlar la respiración y el latido del corazón, así como los actos reflejo y las sensaciones como el miedo y la valentía necesarios para la supervivencia, además de otros instintos primarios como el deseo sexual para la perpetuación de la especie. El otro cerebro (mas desarrollado en el ser humano que en otras especies) seria el compuesto por la parte mas racional, ese que nos hace preveer las consecuencias que nuestras acciones pueden tener en el futuro y en otras personas, tener consciencia de nuestra existencia y el que nos permite generar conocimiento para el uso de la tecnología y el aprendizaje, algo que nos distancia y diferencia del resto de los seres vivos de nuestro planeta.

Creo que existe una lucha permanente entre estos dos cerebros ante todo tipo de situaciones (incluidas las estresantes y límites), una batalla encarnizada entre ambos buscando la solución mas óptima que produce todo tipo de efectos aunque en algunas ocasiones no sin siempre las mas deseables para nosotros como individuos particulares. Por ejemplo pongamos en una situación en la que se nos cae una piedra de forma estruendosa justo al lado, en estas ocasiones nuestro cerebro instintivo gana de forma aplastante la batalla tomando las riendas de la situación apartándonos de la piedra que está cayendo de forma instintiva y hace bien!, es un movimiento automático y es que no hay tiempo para que nuestro cerebro racional tome el control para decidir si es conveniente o no apartarnos, ya que esto podría suponer un fatal desenlace para nuestra existencia.

Ante situaciones mas pausadas nuestro cerebro racional plantea estrategias, como por ejemplo si vemos humo nos invita a dirigirnos a la salida de emergencia y llamar a los bomberos. La combinación de un cerebro racional (estrategia, cooperación, tecnología) y un cerebro instintivo (reacción) hace que el ser humano sea capaz de superar situaciones tremendamente complejas y con ventaja respecto a otras especies.

Aun así no es oro todo lo que reluce, y es que este alto desarrollo racional tiene en ocasiones un enorme precio que pagar. Esta continua batalla entre el cerebro racional y el instintivo, de forma paradójica en ocasiones desemboca en actos tan fatales como el suicidio, algo que aparentemente va en contra de esa máquina de supervivencia que somos y es que el mecanismo en general funciona pero ante determinadas situaciones (las menos) no es capaz de encontrar la mejor respuesta. Y es que en la batalla entre la lógica y el instinto debe haber un ganador, ya que en el momento que no hay un ganador se genera un terrible bucle formado por un pensamiento racional negativo que produce una sensación angustiosa que a su vez obliga a la parte instintiva que no soporta este estado a revaluar esa sensación con otro pensamiento racional, que de forma enbuclada puede llevar a la persona a buscar en la muerte la única forma de salir de este ciclo.

Y es que nuestro cerebro modifica la realidad sin ningún tipo de complejo y no tiene ningún problema en que nos asustemos de nuestra propia sombra si se ve amenazada o conseguir olvidar los problemas para poder superar pérdidas de familiares que nunca veremos conformándose con el paso del tiempo con sentirlos cerca aunque no lo estén. Es decir, el cerebro modifica la realidad a su interés y en ocasiones esa lucha de cerebros racional-instintivo hace una modificación perniciosa para conseguir resolver el problema.

Volviendo al tema del tercer hombre, parto de que nuestro cerebro interpreta y modifica la realidad que percibe. Existen personas cuyos cerebros les hacen ver realidades ajenas a los estándares en forma de alucinaciones o en forma de sensaciones tanto positivas como negativas. Existe una configuración estándar para la mayoría de las personas que consideramos “normal” que le hacen percibir un tipo de realidad para gestionarla de la mejor manera posible en el día a día. De cualquier forma dos individuos interpretarán una misma realidad de formas diferentes en función de sus características cerebrales y sus experiencias haciéndolo algunos de formas mas optimistas, otras menos optimistas y en ocasiones añadiendo o minorando elementos o sensaciones a la propia realidad. Quiero decir que nadie percibe la realidad en si misma, sino una interpretación necesariamente interesada de la propia realidad.

Ante esta premisa donde nada de lo que percibimos es completamente cierto, las apariciones de un tercer hombre en momentos poco habituales serian sencillos de explicar. En situaciones de estrés como las que sufrieron ese montón de personas atrapadas en las escaleras del World Trade Center. Creo que ese tercer hombre estuvo presente para todos modificando la realidad percibida, a alguno le dijo que saltase el fuego (a DiFrancesco afortunadamente le hizo salvar la vida), pero creo que a otros muchos ese tercer hombre los atrapo en la escalera diciéndoles que no se movieran.

Comment by Felipe — 16 octubre, 2012 @ 17:13

Deja un comentario

(requerido)
Si te ha gustado este artículo, puede que te interese también
2 noviembre, 2011
Nadie duda a estas alturas que la motivación real para llegar a la Luna fue más política que científica. Que el transbordador espacial o el radiotelescopio de Arecibo fueron en origen proyectos militares. Y que hoy en día la industria aeroespacial sólo piensa en términos de lucro. El pequeño Ceres, sin embargo, sólo ofrece conocimiento.
9 enero, 2012
La hipnosis, disciplina generalmente relegada a la categoría de espectáculo bochornoso o a pseudociencia, no es un espectáculo ni es pseudociencia. Aunque aún no se comprenden todos sus mecanísmos, su carácter científico y terapéutico está más que constrastado.   Este artículo incluye de regalo dos inducciones hipnóticas en mp3 para que compruebes de primera mano los beneficios de esta herramienta terapéutica.
2 febrero, 2012
Oliver Sacks nos cuenta en su libro "Un Antropólogo en Marte" el caso de un pintor ciego al color, pero nos deja con las ganas de ver imágenes que simulen su visión interior. Afortunadamente, en la revista Astropuerto nos hemos encargado de elaborarlas.   Este artículo incluye de regalo un filtro de photoshop para que proceses tus propias imágenes.
 
Astropuerto es una revista online fundada en 2011 y coordinada por Alberto V. Miranda.

Esta revista es plural y respeta la libertad de expresión de sus autores y colaboradores; en ningún caso se responsabiliza de la información y opiniones expresadas por estos.

Cada artículo aquí publicado es propiedad de su autor o autora y no puede ser reproducido sin permiso explícito por escrito.
Facebook Way of Living  
Política de Cookies

Astropuerto funciona con WordPress

Tema visual 'Astropuerto' creado por Voet Cranf

Contacta con nosotros por email