9 octubre, 2011

Muchos pretendidos libros de autoayuda funcionan en base a sobresimplificar a las personas que los leen, reduciéndolas a una única dimensión e insistiendo en que sean más y mejor. Este artículo advierte del peligro de acabar creyéndose el contenido de estos libros.

Ayer, en una librería, le eché un vistazo a un tocho de esos de los catalogados como autoayuda y, tras hojear unos párrafos, me di cuenta de algo que se me había pasado por alto hasta ahora en muchos de ellos. El título del libro en cuestión no importa, pero sí cierta tramposa valoración que lo impregna, una vara de medir que podemos encontrar implícita en muchos otros textos del mismo estilo.

Muchos de los libros de autoayuda provienen de los Estados Unidos y es normal que asuman como valores intocables la libertad individual, la competencia feroz, el derecho a la felicidad y otros similares. El problema es el componente puramente mercantilista, cuando no simplón, a la hora de medir la felicidad o el éxito que estos libros nos prometen.

No me refiero, y creo importante aclarar esto antes de meterme en harina, al hecho de que muchas veces se mencione el dinero como una de las recompensas por aplicar las lecciones del libro. El dinero no deja de ser una medida del poder material del que uno dispone, y no es algo que se deba desdeñar porque sí. Cualquier enseñanza que pretenda ser elevada y a la vez rechace lo material es sospechosa, pues no se trata tanto de ignorar o despreciarlo como de saber utilizarlo para cubrir necesidades y no como un fin en sí mismo. Tampoco considero los libros de Como Hacerse Rico dentro de este análisis, ya que no ocultan su intención: fórrese.

Sí me refiero al hecho de que en muchas ocasiones se considera el valor personal, lo que una misma supone para sí y para los demás, desde un punto de vista unidimensional. Es como, si de alguna manera, se utilizara una sola moneda para valorar lo que somos. Y por tanto la medida de nuestro éxito vital está en función de tener o ser algo más que los que nos rodean.

Dentro de la escala de valores que nos han embutido en Estados Unidos y Europa, especialmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, siempre está presente la gran falacia de que cada uno de nosotros se puede proponer el objetivo que se quiera y alcanzarlo, que yo también seré una ganadora. Digo que es una falacia porque esto simplemente no es cierto: la existencia de un ganador implica la existencia de un perdedor. Y muchas veces, cuando alguien gana, todos los demás pierden.

Así, muchos de estos libros en el fondo nos intentan enseñar meramente a ganar, a ser más. Pero, si rascamos un poco, tenemos que darnos cuenta de que eso sólo es posible si consideramos una escala absoluta, que será distinta en cada caso. En los libros de Como Hacerse Rico esto es evidente: la escala es el dinero. Pero en otros la escala, aunque otra, siempre se reduce a una dimensión, sea esta la popularidad, el atractivo, el escalafón social… etc.

La vida, y me refiero a la vida de cada una, la experiencia vital y las cualidades que poseemos, es multidimensional. Si reducimos nuestra valoración a una única escala no sólo estamos sobresimplificando lo que somos: también lo estamos cuantificando. En el fondo, poniéndole precio. Mercantilizándolo.

Sin embargo, la realidad es que precisamente por el hecho de ser multidimensionales, al final no nos queda otro remedio que valorarnos cualitativamente. Más que nada porque las posibles escalas que podemos utilizar para medirnos o, por qué no, definirnos, tienen distinta importancia para cada persona.

El título Triunfe Vd. En La Vida siempre nos remitirá a un libro que escogerá una escala de valores más o menos arbitraria e intentará que condicionemos nuestra felicidad a lo que indique la aguja dentro de esa escala. Incluso al final de la lectura no habrá mucho problema en convertir el resultado en euros, si nos da la gana.

En cualquier caso, al final lo que cuenta tiene que ver menos con la cantidad, que con la cualidad. Y esto se entiende mejor con un ejemplo: Un libro de autoayuda “mercantilista” que trate sobre relaciones sociales (supuestamente) sanas intentará enseñar como ser la más popular, la más guapa, la más elegante o la que más gente conoce. En definitiva, la que más.

E ignorará algo mucho más importante, como pueda ser, en este ejemplo, el cultivo de las afinidades. En realidad una socialización sana no se conformará en función de la cantidad de gente que nos rodee, sino en el hecho de saber atraer, retener y afianzar relaciones basadas en la afinidad.

Es decir que en este caso no se trata tanto de aumentar la puntuación en determinada escala (el número de conocidos) como de juntar personas que valoran las mismas cosas: no se trata de conseguir, y paso a hablar metafóricamente, más dinero, sino de saber repartir el que tenemos en monedas distintas. En algunos casos tendremos casi todo el dinero en una moneda, muy poco en otra. Pero lo esencial es que al final no se tratará tanto del importe total que tengamos como en qué monedas preferimos tener nuestro dinero: En definitiva, qué valores son los que nos definen de verdad.

Por eso creo que debemos tener mucho cuidado con el mensaje oculto de muchos libros que nos invitan a ser más, o mejores, cuando en realidad su truco está en limitarnos a medirnos en una única coordenada: la que le interesa al autor, independientemente de que su intención sea buena o mala.

Volviendo al ejemplo de las relaciones sociales: si la realidad fuera como nos pretende vender muchos de estos libros, la más guapa siempre acabaría con el más guapo —ganadores— y el resto —las perdedoras— nos limitaríamos a quedarnos con las sobras.

La realidad es otra, y siempre sorprendente o difícil de explicar. Y si hubiera que hacerlo, no lo haría poniendo puntuaciones de un tipo u otro. Es más probable que se pueda explicar mediante un juego de compatibilidades, como hacía Goethe en su libro Las Afinidades Electivas, un divertimento literario en el que el autor jugó a considerar a las personas como los recién descubiertos —de aquella— átomos, cuyas preferencias para enlazarse entre sí vienen condicionadas más por su idiosincrasia, por así decirlo, que por su mayor o menor tamaño o peso.

En definitiva, no se trata tanto del cuánto como del cómo o el qué.

4 comentarios Ir al formulario  RSS de estos comentarios Trackback URL

Nunca he leído ningún libro de ese estilo, pero me da que lo mejor es prescindir de ellos en la gran mayoría de casos.

A propósito de las afinidades, últimamente he estado leyendo sobre el MBTI, una ‘catalogación’ de personalidades basada en cuatro pares de características de personalidad dicotómicas, creo que basado en teorías de Jung. Pese a todas las limitaciones que puede tener un sistema así, me ha parecido extremadamente interesante y un enfoque realista de la personalidad. He encontrado descripciones que me han parecido acertadísimas, sobre los demás y sobre mí mismo. Ahora veo a las personas de forma distinta.
Luego he sabido que existen muchos otros sistemas de clasificación de personalidades, algunos relacionados con grupos místicos, como Gurdjieff con el eneagrama, que son en general parecidos.

Comment by spiff — 5 mayo, 2012 @ 1:58

Esas clasificaciones que mencionas son viejas conocidas y aciertan tanto porque su desarrollo se hizo de manera muy sistemática. Primero preguntaron a un montón de gente que contestara a unas preguntas dicotómicas muy sencillas y después de responder la estudiaron, con lo que los perfiles salen clavados, claro.

Yo soy Tipo ENTJ según el modelo Myers-Briggs (MBTI). Tipo Inventor según el modelo Keirsey.

Comment by Alberto V. Miranda — 5 mayo, 2012 @ 11:13

Lo de NT me lo imaginaba, claro. Yo soy INTP (Arquitecto), y mi pareja es lo opuesto, lo que según Keirsey da buenos resultados (así ha sido hasta ahora).

Comment by spiff — 7 mayo, 2012 @ 20:08

Los libros son como todo los demás: el aprovechamiento muchas veces depende más del lector o lectora que de su contenido.

Un viejo conocido mío es fan total del Eneagrama. Sería cuestión de “engañarle” para que escribiera un artículo sobre el tema.

Comment by Emma Torices — 8 mayo, 2012 @ 15:06

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