11 septiembre, 2011

Estamos acostumbrados a percibir a los visionarios como una especie de sacerdotes hi-tech. Reynolds probablemente no usa peine y además trabaja con adobe y desperdicios. Pero es un visionario. De los grandes.


La primera vez que vi el documental Garbage Warrior [ver online], dedicado a la vida y obra de Mike Reynolds, sentí una gran admiración, por no decir hasta envidia (sana) de sus logros.

Y no es para menos: Reynolds es arquitecto, pero no de traje y corbata; de hecho, le quedan fatal. Como él mismo cuenta, nada más acabar la carrera tenía ya muy claro que la arquitectura que le habían enseñado era cara, rígida, insostenible. Sentía que las casas estaban más destinadas a dar beneficios a los proveedores de la energía necesaria para su mantenimiento que a la salud y economía de sus habitantes. Pero él sabía lo que quería.

Y así empezó su investigación a principios de los 70 en Nuevo México, en unas parcelas completamente aisladas de cualquier servicio, cerca de Taos. ¿Y en que consistía esa investigación? Pues en la creación de casas autosuficientes a partir de materiales reciclados o naturales.

Descubrió que la energía eólica de un pequeño molino era suficiente para cubrir las necesidades de una casa. También (re)descubrió que el adobe (y las cosas rellenas de él, como neumáticos o latas de cerveza) es uno de los mejores materiales de construcción por sus propiedades aislantes, precio y facilidad de manipulación. De su uso del adobe dedujo el concepto de masa térmica, consistente paredes gruesas situadas en un lado de la casa que actuaban como acumuladores de energía solar equilibrando la temperatura entre la noche y el día, etc…

Su manera de actuar era impulsiva y apasionada. Tenía una idea por la noche y a la mañana siguiente ya estaba contruyéndola para probarla. Encontraba gente llorando desesperada en la parada del bus y al día siguiente la tenía trabajando con él. Nada de papeleos o meditados planos: Ebullición de ideas y actividad.

Y de ese modo creó una pequeña comunidad autosuficiente con gente que se había construido su casita por “menos dinero de lo que cuesta una cena en el restaurante más caro del pueblo” (sic) y que apenas tenían gastos de subsistencia, pues la comida, la energía y el agua eran recogidos/generados/reciclados por la propia casa. En palabras de Reynolds:

Nada entra en esta casa: ni cables eléctricos, ni tuberías de gas o agua. Tampoco salen tubos de aguas residuales. Estamos sentados sobre 15000 litros de agua, haciendo crecer comida, reciclando nuestras heces, manteniendo una temperatura de 25º sin coste alguno. Una familia de cuatro podría sobrevivir indefinidamente sin necesidad de ir a la tienda a por comida. Se trata de apoderarse de cada aspecto de la vida y tenerla en las propias manos.

Llamó a sus casa Earthships, o Naves Terrestres. Y tras sus primeros éxitos, su fama creció en círculos selectos alrededor de todo el mundo.

Lo que atrajo la atención de ya-saben-ustedes-quien. Y no me refiero sólo a sus compañeros de profesión, sino a los dandies y famosetes que, atraídos por lo chic de su vanguardia, le encargaron casas a Reynolds para encontrar que no eran precisamente un lujo y que, a veces, tenían goteras o eran excesivamente calientes. Ahí comenzaron las demandas, las acusaciones y los disgustos.

El State Architects Board of New Mexico acabó revocándole la licencia para diseñar y construir casas, alegando que no se había demostrado su seguridad, además de haberse saltado todas las regulaciones urbanísticas habidas y por haber, regulaciones que Reynolds encontraba obsoletas cuando no frustrantes. Así atravesó su noche oscura. Pero también encontró motivo para una lucha: la promulgación de una ley que permitiera, en cierta zona del estado de Nuevo México, construir casas experimentales, como las suyas, en aras a encontrar formas de vivienda sostenible y ecológica.

La lucha se prolongó durante años, en los que Reynolds se encontró atado de pies y manos, especialmente por su desconocimiento y torpeza para los asuntos legales y, digámoslo así, no-silvestres. Aunque afortunadamente encontró personas adecuadas y capaces para ayudarle, como ocurre siempre en toda causa justa.

En esto llegó el tsunami del Pacífico de 2004.

Reynolds y su equipo fueron a Bangladesh. Allí se encontraron que la gente no tenía agua porque los pozos estaban llenos de cadáveres.

El se dió cuenta inmediatamente que con lo que llovía allí los pozos eran absolutamente innecesarios. Basta recolectar el agua del techo. Y usando ladrillos hechos con botellas de plástico, barro, cañizo, excrementos animales y poco más, enseñó a pequeñas comunidades a construirse sus casas por su propios medios. Y hablo de casas de adobe con sistemas de aire acondicionado por evaporación y recolección de agua de lluvia que son hasta estéticamente agradables.

Tras enterarse de su labor, los arquitectos de Bangladesh se reunieron para darle las gracias y rendirle homenaje. A Mike esto le supuso cierta amargura, pues acabó encontrando en Blangadesh el reconocimiento que no encontraba en su propio país, confirmando el proverbio de que nadie es profeta en su tierra.

Pero no fue todo en vano. Volvió justo cuando el Katrina devoró Nueva Orleans.

Y aunque no pudo hacer lo mismo que en Asia para la gente que se había quedado sin casa por culpa del huracán, los méritos por su trabajo en Bangladesh fueron recompensados en su propio país. No sólo se aprobó finalmente la ley que le permitiría seguir construyendo a él y a otros investigadores, sino que el Colegio de Arquitectos de Nuevo México le devolvió la licencia con honores.

Todo esto y mucho más lo podéis ver online en el magnífico documental de Oliver Hodge, Garbage Warrior.

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