5 enero, 2012

“Mi último artículo no ha quedado completo”, nos dice nuestra colaboradora más prolífica. Pero lo dice sólo después de haber escrito lo que podríamos llamar su segunda parte.

¿Espacios literarios? ¿Os reunís para leer?

Después de mi último artículo, en el que hablé de Barthes y Lem, no me he podido resistir a exponer una idea compartida por ambos autores, aunque expresada de manera muy dispar por cada uno de ellos: el concepto de Espacio Literario.

Antes de empezar, debo aclarar que Espacio Literario no es un término unívoco. Una sóla búsqueda en google de las dos palabras demuestra que hay docenas de interpretaciones respecto a lo que es un espacio literario. Mi definición está mucho más cerca de la geometría y los conjuntos que estudiaba en EGB —Diagrama de Venn son tres palabras que evocan el patio de mi colegio— que de palabras, temáticas, narrativas, estilos o géneros.

Tampoco hablamos de Espacio Literario en el sentido que piensa el gran observador costumbrista Mauro Entrialgo. Confieso que estaba buscando una tira de Ángel Sefija que leí hace años para ilustrar el artículo más abajo, pero sólo encontré esta.

Barthes, de nuevo

Comienzo por Barthes; y recomiendo echarle un vistazo al artículo que enlacé hace dos párrafos si nunca has oído hablar de él. Si no te apetece, bastará con saber que Barthes es uno de esos filósofos del siglo XX precursores del posmodernismo cuyo afán fue desnudar la filosofía centrándose en las limitaciones del lenguaje y del discurso que éste genera.

A diferencia de algunos de sus contemporáneos y muchos de sus herederos, que no pasan de ser gentuza que pretende cosas como invalidar las matemáticas sin antes haber comprendido el Teorema de Pitágoras (y que afortunadamente ya han sido ridiculizados con abundante escarnio), las aportaciones de Barthes son muy originales, certeras y reveladoras.

En su libro Sade/Fourier/Loyola Barthes propone una visión radical de la literatura a la vez que reivindica a estos tres autores. ¿En qué consiste esta visión?

Que todo es demasiado de lo mismo

Antes de entrar en harina, lo mejor es comenzar con un ejemplo conocido por todos: La Guerra de las Galaxias y el Señor de los Anillos… ¿no se parecen demasiado? En internet es fácil encontrar un montón de páginas donde se establecen paralelismos evidentes entre ambas historias, incluyendo situaciones y personajes. Si reducimos ambos relatos a sus elementos mínimos y las relaciones entre estos, veremos que a ese nivel las historias son prácticamente idénticas.

Del mismo modo que en mátemáticas se puede apuntar a cualquier punto del espacio utilizando sólo tres flechas o vectores —que serían la base de ese espacio—, en narrativa no deja de ocurrir algo muy similar: de hecho, La Guerra de las Galaxias y El Señor de los Anillos prácticamente ocurren en el mismo espacio literario, porque comparten la misma “base”, están hechas desarrollando los mismos ingredientes.

La mala noticia es que esto ocurre con casi todo lo que se ha escrito. Más aún, si dos obras complejas como las anteriores pueden llegar a ser tan parecidas, tan arquetípicas (y esto es ya material de análisis para gente como Jung o Lévi-Strauss) ¿qué pasa entonces con las historias de chico-conoce-chica?

Es aquí donde toca cabrearse. Analizado desde este punto de vista, la inmensa mayoría de lo escrito no es nada original. Podemos tomar cientos de novelas románticas y reducirlas al mismo espacio literario, a los mismos elementos. Este es un fenómeno muy visible en el cine comercial que proviene de Hollywood, cuyas premisas, desarrollos y valores, especialmente en el cine de animación dirigido al público infantil, son casi siempre idénticos. Y no digamos ya en el terreno de la literatura de fantasía: si entramos en una librería especializada y escogemos un libro al azar, muy probablemente —sí, lo has adivinado— se trate de un tomo de una trilogía que tiene un mapa en la contracubierta.

Inventando nuevos espacios literarios

Por eso Barthes reivindica a Sade, a Fourier y a Loyola. Estos tres autores añadieron, por así decirlo, vectores, direcciones nuevas al espacio literario.

Loyola fue un místico que dedicó parte de su esfuerzo intelectual a una clasificación exhaustiva de los pecados y virtudes que conducían a la salvación. Y sistematizó esa clasificación como nadie había hecho antes, creando un método de ejercicios espirituales realmente novedoso.

Algo parecido ocurrió con Fourier, que no hay que confundir con el matemático al que le debemos las rayitas del ecualizador de tu equipo de música. Este hombre sistematizó las pasiones humanas en un esfuerzo por diseñar una sociedad utópica en las que estas pasiones fueran convenientemente canalizadas mediante la creación de falansterios, comunidades de 1620 personas (ni una más, ni una menos) que compartieran la misma (para)filia. ¿Por qué 1620? Porque según Fourier, hay 810 caracteres humanos correspondientes a otras tantas pasiones distintas.

Y dejo para al final a Sade porque es el que más claro nos va a dejar todo esto de los espacios literarios. Como decía el propio Barthes, “Sade empleaba copulaciones, sodomizaciones y felaciones como si fueran palabras en una oración“.

En efecto, un párrafo típico de Sade podía consistir en como dos hombres montan a una señorita que a su vez se la chupa a un tercero que azota a dos hombres que hacen un 69, etc… etc… Y con esto Sade crea la Pornografía con mayúsculas: como nuevo género, como nuevo paradigma literario.

El perfecto ejemplo de la pobreza narrativa

De hecho la pornografía actual, al contrario que en las perversiones de Sade, denota una pobreza narrativa enorme. Prácticamente el 90% del porno heterosexual consiste, como muy bien expresaba con mucha coña Entrialgo en un cómic —que no encontré por mucho que busqué—, en la siguiente secuencia: 1) mamada, 2) follada, 3) enculada, 4) corrida en la cara.

Ha llegado el momento de una confesión personal. He pensado más de una vez que si yo me dedicara a hacer películas pornográficas intentaría por todos los medios huir de los tópicos narrativos habituales, especialmente el del apartado 4) que siempre me ha parecido, perdón, una gilipollez que no me hace ninguna gracia siendo mujer, por lo que tiene de humillante. Pero… mi película ¿tendría éxito o es que el público sólo quiere que le cuenten siempre la misma historia?

En definitiva, amable lector/a de Astropuerto, a estas alturas del artículo debe haber quedado más o menos claro el concepto de espacio literario como analogía de un espacio geométrico. Pero aún queda el postre, que nos lo ofrece, como no, el grandísimo Stanislaw Lem.

Lem, de nuevo

En su recopilación de prólogos de libros imaginarios titulada Un Valor Imaginario, nos encontramos con esta delicia: Historia de la Literatura Bítica (los enlaces llevan al texto completo en cada caso).

En este libro imaginario, supuestamente publicado en 2009, se nos relata la evolución histórica de la literatura escrita por ordenadores, que atraviesa diversas etapas cualitativas y cuantitativas: desde los comienzos, en los que las máquinas imitan a los humanos, hasta los finales, en los que se dedican a escribir para sí mismas.

Entretanto se nos cuenta la historia de un ordenador, durante la etapa Mimética, que se especializa en Dostoievski. Por entonces las máquinas tienen la capacidad de representar gráficamente espacios literarios. Y resulta que este ordenador encuentra que en Dostoievski existe un hueco dentro su mapa conceptual: el que toca la temática del incesto. La máquina deduce que si el autor original no la escribió fue debido a la censura de su época. Así que Pseudodostoievski, que así se llama la máquina, escribe La Niña (Dievochka), para completar el corpus del afamado autor. Citando a Lem:

La primera obra bítica de fama mundial ha sido la novela de Pseudodostoievski La niña (“Dievochka”). El renombrado eslavista John Raleigh describe en sus memorias el sobresalto que sufrió al recibir un ejemplar mecanografiado de la obra rusa, firmado con un seudónimo que le pareció extravagante, el de HYXOS. La lectura impresionó tan intensamente a aquel experto en la obra de Dostoyevski, que, según propia confesión, dudó de estar despierto. La paternidad de la novela estaba, para él, fuera de dudas, aunque sabia perfectamente que Dostoyevski no había escrito La niña.

No sin antes recomendaros que leáis la joya que os he enlazado, me despido hasta la próxima.

1 comentario Ir al formulario  RSS de estos comentarios Trackback URL

La falta de originalidad es acusante.

Comment by Bastante bueno el artículo — 18 abril, 2012 @ 19:42

Deja un comentario

(requerido)
Si te ha gustado este artículo, puede que te interese también
13 enero, 2012
Es probable que el odio a Amenábar se convierta en deporte olímpico cuando saque su próxima película. Mientras tanto, aquí ya entrenamos desde hace tiempo.
21 octubre, 2011
Confundir al lector o espectador es uno de los recursos favoritos de muchos autores. Pero... ¿Qué pasa cuando se abusa de la confianza del público? ¿Qué pasa cuando la obra se apoya en el vacío? ¿Qué pasa cuando ni el propio autor sabe lo que está pasando? Pues que nos están tomando el pelo.
20 diciembre, 2011
Este carpetovetónico filosofillo de provincias se siente arropado por una cohorte de gente tan intransigente y cerril como él mismo, cuando no por políticos de monoceja y boina.
 
Astropuerto es una revista online fundada en 2011 y coordinada por Alberto V. Miranda.

Esta revista es plural y respeta la libertad de expresión de sus autores y colaboradores; en ningún caso se responsabiliza de la información y opiniones expresadas por estos.

Cada artículo aquí publicado es propiedad de su autor o autora y no puede ser reproducido sin permiso explícito por escrito.
Facebook Way of Living  
Política de Cookies

Astropuerto funciona con WordPress

Tema visual 'Astropuerto' creado por Voet Cranf

Contacta con nosotros por email