9 octubre, 2011

En todas las formas de arte hay implícita ideología, incluso hasta en las que parecen pura evasión. Aquí comprobaremos que quizás Tintín es algo más que un inocuo personaje juvenil.

Quienes nacimos en las décadas de los 60 y los 70 tenemos referencias literarias y comiqueras comunes; más que nada por la escasez de opciones que existían en el mercado.

Así, recuerdo que hasta que descubrí el underground a los 8 años (es una divertida historia que algún día contaré) los cómics que conocía eran básicamente Mortadelo y Filemón, acompañados por el resto de personajes de la editorial Bruguera (Zipi y Zape, Benito Boniato, Anacleto…) y, ya en otra liga, los de tapa dura, más prestigiosos: básicamente, Astérix y Obélix y Tintín. Algunas amiguitas tenían Don Mickeys, pero a mí nunca me llegaron a implicar demasiado.

Con ojos de niña las cosas se ven diferente que con ojos de adulta, claro está. Recuerdo que de renacuaja yo pensaba que el número de cuentos —así los llamaba— de Mortadelo y Filemón era inmenso, infinito, de tantos que parecía haber.

Sin embargo con los de tapa dura no me pasaba, ya que solían tener en la parte de atrás la lista de títulos publicados, con lo que me quedaba claro que se trataban de colecciones finitas. Pero eso no quiere decir que fuera consciente de que se trataba de personajes e historias que evolucionaban como sus autores; o tan siquiera que muchos álbumes ya tenían décadas de antigüedad cuando yo los leía, ya que para mí eran siempre de ahora mismo.

Empecé a plantearme que había una evolución de los tebeos cuando cayó en mis manos, todavía bastante niña, el primer álbum de Asterix, con su dibujo un tanto feo y desaliñado. Asimismo asistí fascinado al nacimiento de Tintín la vez que leí, con unos 12 años, una edición facsímil de Tintín en el País de los Soviets. Ya de aquella, y con mi formación política nula —normal a esos años— deduje que algo no andaba bien en esa historia.


Y es hoy que con ojos de adulta vuelvo a leer estas historias y me doy cuenta de muchas cosas: de la mala baba y de los innuendos de Goscinny en Astérix, de como Uderzo hacía caricaturas de personajes que eran de actualidad en el momento de su publicación, de las traducciones de juegos de palabras de Jaume Perich y otros datos que se me habían pasado totalmente desapercibidos durante la infancia.

Pero es Tintín el que se me hace mucho más fascinante ahora que cuando era niña.

Se ha dicho y opinado mucho sobre Hergé y Tintín, y su evolución como dibujante está muy documentada; así que no pienso esmerarme mucho en repetir lo que se ha dicho en otros sitios.

Basta con que quede claro que Tintín nació como burda propaganda antibolchevique por encargo, creció en los siguientes tres álbumes, muy ingenuos a todos los niveles, y alcanzó su adultez en El Loto Azul, cuando el autor decidió que era esencial documentarse lo más posible sobre los lugares, personas y costumbres que Tintín conocería en sus distintos viajes, para así alcanzar cotas de verismo únicas en la literatura juvenil de su momento.

Sin embargo, de lo que nunca he oído hablar es de la, según mis conclusiones, progresiva deriva del autor y su personaje hacia el nihilismo. Y por eso escribo este artículo.


Para Hergé Tintín en el Tíbet (1960), su vigésimo álbum, supuso algo así como una catarsis; lo realizó en un momento en el que su delicado estado nervioso y vital le atormentaba con pesadillas que transcurrían en un vacío (¡nihil significa nada, vacío!) de color blanco que le horrorizaba. Tras acabar de dibujar esta aventura, repleta de paisajes desolados nevados, las pesadillas desaparecieron. Y por algún motivo este álbum se convirtió en el favorito de su autor.

Si nos fijamos en esta historia es muy distinta a las anteriores: el número de personajes es mínimo, no hay malvados y apenas se mete en cuestiones morales como había hecho en ocasiones anteriores.

Y creo que algo ocurrió en la cabeza de Hergé que le condujo a llevar a Tintín, poco a poco, a una especie de vacío narrativo, vital, existencial. Y esto se refleja en sus tres siguientes álbumes.

En Las Joyas de la Castafiore (1963) Hergé experimentó conscientemente con su personaje.

Quiso crear una aventura de Tintín que no tuviera nada de aventura. De hecho, una vez leído, te das cuenta de que realmente no ha pasado absolutamente nada trascendente, aparte de un montón de situaciones domésticas protagonizadas por personajes pintorescos. Y Tintín o Haddock ni siquiera han salido de su casa. Para más coña, el título sólo hace referencia a un McGuffin y la relevancia de las dichosas joyas dentro de la trama es mínima.

Pero eso no le impidió crear el que para mí es el mejor y más delicioso álbum de todos, uno que no me canso de leer. Quizás lo concibió como un experimento narrativo, pero opino que, debido a su sofisticación, es la obra de madurez definitiva del autor y su personaje.

En su siguiente historia, Vuelo 714 para Sidney (1968), Hergé parece retomar el formato clásico de aventura tintinesca. Pero, de nuevo, no ocurre absolutamente nada relevante. Aunque en verdad, sí ocurre; y el evento es hasta grandioso, sublime, quizás lo más grande que les ha ocurrido jamás a los personajes.

Pero estos finalmente olvidan —más bien son obligados a olvidar— completamente lo que han visto (que es muy rollito Lost). Y si juntamos la primera y última viñeta del álbum, está claro que existe una total continuidad entre ellas: así la historia contada, desde el recuerdo final de los personajes, apenas se reduce a una escala durante un vuelo a Australia. Todo lo demás es como si nunca hubiera ocurrido.

El último álbum publicado en vida de Hergé no sólo es nihilista; también cínico. Tintín y los Pícaros (1976) viene a ser algo así como la antítesis de la primera historia de Tintín; si en aquella el periodista se infiltraba en la Rusia Roja para combatir el comunismo, en esta apoya a una guerrilla revolucionaria de corte marxista. Y de nuevo la acción de Tintín no tiene consecuencia duradera alguna, no implica ningún cambio real. Compárense las viñetas de la llegada y partida de nuestro héroe a la república bananera —imaginaria— de San Theodoros:


Queda por comentar la última historia de Tintín, Tintín y el Arte Alfa (1983), que Hergé apenas esbozó. Pero dió órdenes precisas de que no fuera acabada tras su muerte; decisión que respetó su heredera. Fue publicado en 1986, inacabado, y se han realizado diversos acabados pirata desde entonces.

Es realmente extraño. Inicialmente Hergé quiso que toda la historia ocurriera en la zona internacional de un aeropuerto, que es algo muy parecido a un no-lugar. Pero posteriormente centró el argumento en el mundo del Arte Moderno (!).

Sin embargo, no está clara la historia ni los personajes, ya que multitud de páginas originales (más de 150) fueron encontradas con argumentos y escenas aparentemente contradictorias. Aquí Tintín y Haddock ni siquiera parecen ser los personajes a los que estamos acostumbrados, y la confusión es norma. Por momentos hasta parece una autoparodia. En cualquier caso, supongo que si Hergé hubiera tenido tiempo para completar la historia, probablemente habría acabado siendo absolutamente posmoderna y dotada de una interpretación abierta, sin un sentido claro. Puede que hasta psicótica.

Sólo me queda la curiosidad de hasta adonde hubiera podido llegar este hombre en su deriva artística si hubiera muerto unos años más tarde.

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